Paco Coronado y su Villacarrillo Costumbrista (Homenaje)

Francisco Coronado Molero

Paco se nos fue hace poco tiempo. Muy poco para asimilar tan triste pérdida. Paco Coronado fue (es) un hombre de cultura y memoria; de talento y talante. Una pérdida irreparable, otra más dentro de este laberinto de pesadilla en el que se ha convertido el último año. Hemos estado dándole vueltas a la manera de rendir un pequeño homenaje a este gran hombre y no se nos ocurre nada mejor que recuperar sus escritos. Su colaboración en el Libro de Feria y Fiestas de Villacarrillo, paralela a su labor dentro de la asociación Amigos de la Historia, era una de las más esperadas, llegado septiembre. Su “Villacarrillo Costumbrista” rescataba obras de arte desde su memoria, repetimos, y experiencia de vida. Esas cosas que pasaban en nuestro pueblo y que él contaba como nadie. Durante las próximas semanas vamos a ir recuperando esos artículos, ya publicados en el mencionado Libro de Feria , para este Diario Cultural de Villacarrillo y para los que quieran asomarse (si no lo han hecho ya) al imaginario “real” de un artista de la palabra. Va por Paco Coronado…

UNA TARDE DE RABONA (Último artículo publicado en el Libro de Feria y Fiestas de Villacarrillo de 2019)

 

            Desde el pupitre, junto a la ventana del aula, percibo el golpeteo del agua de lluvia en el ventanal: graneado, acompasado, firme; las ramas desnudas de los árboles, alineados con la fachada del colegio, giran, se comban y se baten azotadas por el fuerte viento en su porfía por desarraigar la naturaleza inmutable de aquellos. Dos bombillas salpicadas de cal esparcen su luz mortecina por el salón; noviembre otoñal; días oscuros que hacen necesario su encendido al poco de comenzar la clase de la tarde. Hace frío en el salón, apenas si puedo hacer el huevo con mis dedos enteleridos; pero la solución al pasmo es fácil y rutinaria. Entre la mesa del maestro y la papelera está ubicada la estufa. El trío de enseres, pura lógica, determina la zona más pretendida, si bien la calidez que irradia la estufa se queda en los primeros bancos. Me planto junto a la papelera provisto del lápiz y de la maquinilla. Conformo desbrozo el lápiz, la punta ha quedado muy perfilada, extiendo las manos y me llega el calor que esparce la estufa.

Safa 1964 Jul. Escuelas de Safa. Entrada y Fachadas. Foto Baras

Este pesado ingenio, fabricado en hierro, reduce a ceniza la madera y los codiciados tacos: daban entretenta [sic] para un rato largo, y construíamos cuanto nuestra imaginación daba de sí. El humo de la combustión llega hasta el exterior a través de un tubo herrumbroso, unido a dos codos; por una abertura practicada en el cristal superior de la ventana sale el humo y se dispersa en distintas direcciones, a capricho del vendaval. Crepitan las astillas de tea y levantan aromas a sahumerio. Se acuerdan ustedes, mis coetáneos, pupilos ave marianos, del regocijo que sentimos la mañana en la que la palmeta, cristianada doña Petronila, y que en el sacramento de la confirmación se le añadió el nombre de “Cuchara”, éste por su forma, se consumió en el vientre de la estufa menguada a cenizas. Dañino instrumento de castigo si el educando renegaba de los preceptos educativos. Su condena al fuego traía su ser, al ser informados por la superioridad, de que en el tiempo de catecismo, de aquella tarde, habría preguntas arbitrarias y para su contestación estaba convocada la totalidad de la clase; si bien, una de ellas iba fija: número sesenta y siete de la página veinte. Otra consideración la ignorancia y los fallos se penarían con la cuchara: la bestia parda. Enterados.

   Mi cartilla escolar

Ya desaparecida, los autores de la volatilización llegábamos despreocupados; el resto, se había frotado la palma de la mano con un ajo, con el iluso convencimiento de que el palmetazo produciría la fragmentación inmediata de Dª Petronila.

– Sí, muy listos, muy listos sois vosotros; a ver, tú, anda a la clase de al lado y le pides a don Domingo que te dé la cuchara –, sentenció don Miguel. Pues sí, existía otra; sobre la mesa del vecino maestro y en orden de combate, celaba otra palmeta que resultó prima carnal de la sobredicha Dª Petronila. Se nos fue el cochino sin capar.

Hace poco, estuve hojeando la cartilla escolar del colegio Sagrada Familia; en la mayor parte de las calificaciones voy sobrado, si bien en escritura y dibujo ando escaso; materias ambas que, de ser hoy auditado, volvería con la seño, a la batita azul Mahón y a la sillita. Aparte de las notas se exponía el comportamiento en clase o el aseo, actitudes denominadas “Hábitos”; por otro lado, en el apartado “Asistencia”, se computaban las faltas a clase; al exponer este apartado hay que ponderar dos consideraciones explicitas: las justificadas y las sin justificar; la primera contingencia era subsanable y no computable, estaba respaldada por la justificación paterna. ¿Las no justificadas? … eran eso, injustificables. Su causalidad dependía el estado de ánimo del infractor “Hace buena tarde, no vamos”, “¿esta tarde vamos a ir, que va a preguntar?” y preferíamos otra actividad extraescolar: “¿?” Sí, acertaste: rabonas, las rabonas. Hacer rabonas era, básicamente: rehuir, evitar, faltar a la clase. La confraternidad con individuos del centro y este de la península, que aterrizaban en el pueblo para las vacaciones de verano y en la feria, nos dejaron un par de vocablos en sinonimia con nuestra palabreja rabona: novillos y pellas.

Yo hice rabonas a sabiendas del castigo que gravaba la falta, a saber: castigo académico, con la anotación numeral en mi cartilla escolar y asunción, en la escuela, del penoso castigo físico. El segundo tormento era el castigo familiar, que era de inmediato cumplimiento si algún cascarilla, motu proprio y súbito, se dejaba caer por mi casa y daba cuenta de la incidencia: encomienda que asumía el acusica gratamente, cuando hacía de mensajero del maestro.

            Atrás dejo la teoría y entro en la realidad de aquellos años. El que narro aconteció una tarde del otoñal mes de noviembre: dio mucho de sí. Los sentimientos y emociones que describo los viví tal y como los cuento.

              Catecismo

            Hacía rato que habíamos escuchado la señal de las dos y media de la tarde, aviso previo al parte de noticias en Radio Nacional. Volábamos sobre el lateral del paseo en el intento de llegar a la escuela antes de que cerraran la puerta;, peor, no había ni rastro de la formación que, anticipadamente, forma junto al colegio; peor, don Miguel León, en el soportal, mira el reloj, traspasa la puerta y la cierra con llave.

– Corre, Paco; tira que llegamos; llamamos y entramos – me dice Luis.

– Sí, hombre; – le contesto – ¡Que don Miguel nos acecha! ¿Quieres que nos fría a guascas?, pues no lo tiene bien dicho: una vez formaos y dentro de la escuela, pobre del que llegue tarde; así que date la vuelta y cuando sean las cinco volvemos, nos revolvemos con los otros y nos vamos a nuestra casa.

– Bueno, ya verás. Mi abuela me tiene advertío que no salgo en to lo que queda de año. ¡Es que la semana pasá tuvimos otra como esta! y también se enteró; me ha puesto el brazo como un nazareno.

– Pues si entras, no te quiero decir cómo te los va a poner don Miguel – le decía yo, dirigiéndonos a la tribuna del parque. Seguro que, en ese instante, se produjo una interacción recíproca, o sea que dio su fruto la coacción inductiva de mi influjo y nos llevó a borrar de nuestro ánimo cualquier sentimiento de culpa o de miedo; también coadyuvó la cálida tarde: hacía un sol de no te menees a pesar de ser otoño. Subimos a la tribuna; dejamos a un lado las carteras y nos solazamos cruzando entre los tubos de hierro de las barandillas, ajenos al pitoste que se iba formando en las aulas orientadas al parque, una de ellas era la nuestra; faltó tiempo para que el enterado de turno pusiera en conocimiento del maestro la tamaña estupidez que se estaba produciendo ¡Qué par de majaderos!

            Cesó el equilibrismo y resolvimos emplear el tiempo restante en darnos unas sesiones de hinca, el barro no se había secado en su totalidad y era fácil encontrar una buena torta. La carretera muerta, que entonces no lo estaba, era el sitio idóneo y además estaríamos quitados de en medio. Esta vía, era la salida de Villacarrillo, tras atravesar el interior del pueblo, de la N-322 que llevaba de Córdoba a Valencia. Buscamos algo que nos sirviera de hinca y dimos con la vareta de un paraguas; una vez dividida dimos con un lugar espacioso, despejado de broza; la humedad de la tierra era idónea. Convenientemente hollado, trazamos la cuadrícula: ocho por dos cuadrados. ¡Veréis, este juego era de alta tecnología y sus componentes muy complicados de encontrar, y, además, el alto nivel de su ejecución, limitaba a los jugadores! Tirada a tirada, avanzamos siguiendo los cuadrados, uno a uno, con menos aciertos en los de arriba; tras innumerables fullerías, que nos abocaron a abandonar el juego y a arruinar, entiéndase “pisotear”, la cuadrícula, tomamos conciencia de la hora y bajamos hacia el colegio como balas.

Desde un lado del kiosco de Los Rosales, vemos aparecer a los colegiales, que, poco a poco, van saliendo de la escuela; saltamos la barbacana con la pretensión de diluirnos, en la marea azul mahón de uniformes. Imposible, nuestra presencia centellea y en pocos segundos: ¡Eh, mirar! ¡Los raboneros!

            – ¡Luis!, ¡Paco! – a voces, Pacheco nos llamó, – Os la habéis cargao, el maestro ma mandao pa que le diga a tu abuela y a tu madre que habéis hecho rabonas y que tenís falta.

            – Pacheco, como vayas con esas a mi casa, cobras, – le dije. Ni caso, se fue a cumplir la encomienda y Luis, totalmente atribulado, se fue con él.

            Ahora sí se va a liar bien. Cualquiera acude. ¡Menuda!, van a llover correazos y alpargatazos a discreción, sin mirar la cantidad ni el lugar en el que se depositen. Sé que me van a calentar. Instintivamente pensé en alargar la fuga, sin considerar, tampoco tenía edad para hacerlo, el final al que abocaría aquella fechoría, ni la desazón que provocaría en mis familiares. Evitar el castigo era mi empeño: mientras no acudiera no habría estopa. Una vez salí de esta tribulación, fijé un operativo y decidí desaparecer del paseo como primera determinación.

            Precavido, aprovechando la ambigua luz del atardecer que me serviría de cubierta y evitando a conocidos, inicié la segunda parte de mi subrepticia peripecia. Bajé por la carretera, como relaté antes esta vía atravesaba la población, y al llegar al puente que lleva a la Carnicería, giré a la izquierda hacia el arco del Cristo de Salud, que traspasé. Al salir a la Plaza de los Caños, vaya potra: mi tía bajaba por las escaleras del Arco Alto, oteando a ambos lados y siguió hacia el ayuntamiento: estaba clarísimo, iba en mi búsqueda. De una carrerilla, dejando a mi derecha el bar Quevedo, alcancé los portalillos. Mi tía persistía; en nada la tendría a mi lado. Mente rápida, solución: la librería de Antonio Párraga que estaba poco más arriba. Entré; a través de los cristales vi acercarse a mi rastreadora; tenía que desaparecer de la puerta, para ello diluí mi menudencia entre un grupo de clientes; transcurrió un siglo, tal vez dos y, receloso, salí a la calle: ni rastro. Desasosegado, no intuía cómo me ocultaría. Me lo puso a huevo el tañido persistente de la campana del Cristo tocando el primero de la misa de las siete y media. No lo dudé: a la iglesia. Por el callejón de “las Hojalateras” y siguiendo Arco Alto, subí a la plazoleta; entré en el templo tras cruzar la Puerta del Sol. Último acto.

Penumbra; varios puntos vacilantes titilaban en el altar mayor; las letanías susurradas por las beatas, agrupadas en los bancos de madera junto al altar y otras en los reclinatorios situados en las naves laterales; olor a humo de vela, incienso…   ¡Vaya desaliento para mi ánimo! La conmoción me sobrepasó; quedé pegado al suelo.

   Reclinatorio. Maestrotapicero.com

A algunos jóvenes lectores, “reclinatorio” les sonará a algo viejo y decadente: pues sí, su uso y permanencia en nuestro templo, venía de siglos atrás, despareció a mediados de los años setenta. El reclinatorio es un mueble de rezo a modo de silla, con cuatro patas cortas, un pasamanos para apoyar las manos y una pieza acolchada sobre la que arrodillarse; su uso era exclusivo de la clase acomodada de la época. Cuando serví de monaguillo en la parroquia, llamó mi atención una peculiar circunstancia que era común en estas sillas; fuera de su uso en las horas de culto, cada reclinatorio quedaba inamovible: una cadena, asegurada por un candado, rodeaba la tabla abatible, que servía de asiento, y de esta manera quedaba el reclinatorio para el uso propio de la dueña.

Como decía, aquellas circunstancias impedían mi avance hacia el interior del templo. Empero, tiré para adelante y fui a cobijarme frente a la capilla del Santo Entierro, entre los reclinatorios, detrás de los asientos seculares que, años atrás fueron de disfrute exclusivo del usía campiñés. Me soplé el rosario y la misa. Ite, missa est, y los asistentes abandonaron el templo. De inmediato me envolvió la oscuridad; todas las luces eléctricas se apagaron, superviviendo la tenue luz que emanaba de las velas del altar y de las que, sobre largos candelabros, lucían junto al templete. Poco más tarde escuché el gruñido que hicieron los goznes de la puerta de la sacristía al abrirse. Instintivamente crucé ante del altar y me metí en un confesorio, junto a la capilla de ánimas. Oí pasos que subían por la escalinata derecha del altar; Cristóbal, el sacristán, provisto de un apagavelas, que no es otra cosa que una caña larga con un apagador metálico de forma cónica en su extremo, destinado a extinguir la llama de las velas o cirios colocados en alto, acababa con la llama de las candelas. Una vez terminó la operación salió por el mismo camino que trajo; quedó la menguada luz de la vela que ardía ante el sagrario.

Ntra. Sra. de la Asunción. Altar Mayor

Aquella oscuridad me amedrentó; presentí a mi lado algo, engendro o quimera, capaz de llevarme; en este trance, el silencio absoluto me hizo escuchar el fonema aciago que producían las maderas de los añosos bancos, al crujir. En esta tesitura: ni pajolera idea de por qué me encontraba allí y por supuesto, ni acordarme de rabonas ni de castigos ¡Me parecía poco el que estaba penando! Acurrucado en la esquina del asiento del confesonario, encogí y mengüé, hasta desaparecer. Llegaría a dormirme ¿Habría transcurrido una hora, dos, cinco minutos?

Desenlace. Me sobresaltó de nuevo el chirrido que hizo la puerta de la sacristía al abrirse. Asomé la cabeza a través de la cortinilla del confesionario y pude ver el haz luminoso de una linterna escudriñando el altar mayor, entre los bancos, en las capillas cercanas al altar y en el interior del confesonario situado justo enfrente. Varias sombras quedaban tras el haz luminoso; de entre ellas, una voz se me hizo familiar, era la voz de mi hermana. No tardarían en llegar a mi cubil; sí, sí, el cubil: de la fiera acojonada. Salí raudo; huí de allí buscando otro lugar. Llegué hasta el zaguán que precede a la Puerta del Sol que, lógicamente, al estar cerrada, convertía la estancia en una mazmorra. El zambombazo que se produjo cuando la puerta se cerró detrás de mí, rayó al de un trueno, y el retumbo que hizo en el templo, extendiéndose por las naves y bóvedas, levantó la liebre y puso a huevo de mis captores mi escondrijo; y hasta él acudieron. Sentado en el suelo, arrinconado en una de las esquinas del zaguán; las piernas encogidas apretaban la cartera a mi pecho. Esperé unos segundos; chirrió la puerta; un foco de luz maculó el cuadrangular recinto. Descubierto. La frase de la suerte: “Mirad ahí está”. Mi hermana me cogió por el brazo y de un mechón de pelo. “Pero bueno, tú sabes la que has liao” “Anda que te van a apañar”. Habían accedido a la iglesia por medio de una hija del sacristán, que también iba en la comitiva junto a mi vecino Jenaro; éste puso la linterna.

Salimos del templo; el chaparrón de reprimendas no amainaba. Yo, la verdad, no es que estuviera “feliz con iberia”. Indolente, no tenía consciencia del momento. La tensión de la espera, el estrés de la incertidumbre y la angustia habían desaparecido. Mi casa estaba ocupada por familiares y vecinos. Mi búsqueda había desparramado por el pueblo a todos ellos, incluso barajaron la posibilidad de radiarme por la emisora de la Cadena Azul de Radiodifusión (C.A.R.), que por entonces emitía en Villacarrillo.

Vi a mi padre venirse hacia mí con el propósito de arrearme. Mi madre, lloraba a lágrima viva; se notaba en ella el sufrimiento; me apretó entre sus brazos y me llenó de besos y de lágrimas; me apartó, impidiendo que recibiera el castigo: “Había aparecido, era lo que importaba”. Honda huella me dejó; todavía, hoy, cierro los ojos y su aroma me sosiega, me aquieta su abrazo, y me siento seguro apretado contra ella, salvaguardándome de cualquier daño. En ese instante me arrepentí del pollo que había liado; me entristecí. No supe, hasta años más tarde, descifrar aquel sentimiento sublimado en mi corazón y que ahora entiendo: discerní la bondad y la maldad. Granaba. Poco a poco la tensión se esfumó, revivió el cariño y la tristeza tornó a júbilo. “Venga ya’a aparecío, no ha pasao na” “Haber, cosas de críos”.

Condonación: pérdida temporal de privilegios domésticos, o sea, nada de salidas; sin juegos (no a la Era la Rubia, ni al Callejón); suprimida la dominical función de cine infantil; ¡Ah!, en el desayuno, la delicia de las galletas maría fue suplantada por la insulsez del pan migado. Por último una medida explícita: en evitación de nuevas rabonas, mi hermana acudía conmigo, mañana y tarde, a la puerta del colegio y esperaba hasta que me veía entrar al salón.

Francisco Coronado Molero. Villacarrillo 15 de agosto de 2019

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