Así es Villacarrillo

Ya va siendo hora de volver a recopilar las fotografías con las que os damos los buenos días cada mañana. Es por esto que os vamos a dejar con una enorme galería de imágenes que nos han servido (y nos servirán) para seguir despertando con buen ánimo; el que nos da saber que vivimos en un pueblo tan bonito…

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Villacarrillo Costumbrista: Historias de verano y juventud. Los años 70, el bar La Sindical, La Losa, los Celtas Cortos…Por Paco Coronado

Y nuestro homenaje a Paco Coronado sigue su curso. Hoy os traemos un artículo publicado en el libro de Feria y Fiestas 2016. Titulado: «Dos pesetas y pun púa», Paco nos recuerda el modo de divertirse de la juventud de los años 70, de principios de la década. De cómo había que ingeniárselas para sobrevivir al calor del verano y divertirse sin un duro (o sin dos reales, mejor). Ir a bañarse a La Noguera o al Molinillo, rascar de donde no hay para un paquete de Celtas Cortos, para un vino con gaseosa en La Sindical, jugar a los culibrinos o completar los álbumes de «estampas» de Vida y Color…Todo un alarde de ingenio y nostalgia.

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Villacarrillo Costumbrista: el antiguo cine Coliseo España

La nostalgia es hoy más que evidente en este artículo de Paco Coronado, al que estamos homenajeando con la recuperación de estos trabajos publicados, en este caso, en el Libro de Feria y Fiestas de 2007. El Cine Coliseo España, actual Teatro Coliseo, es el protagonista de hoy. Nacido en los años 30, uno de los cines/teatro más importantes de la provincia. Con más de 500 localidades y su gallinero. Sus butacas de terciopelo rojo, sus cortinones, sus bombos blancos, enormes, de cristal como iluminación principal…Por su pantalla, enmarcada en luces azules y rojas (esto lo recuerdo de niño, así que este «dispositivo» se colocaría en los años 70), que daban señal de que la proyección era inminente, sus nombres y apellidos…Todo nos lleva a un tiempo pasado en el que, en este caso, sí que fue mejor: el cine, en pantalla grande, siempre será mejor. Y esas sensaciones de inocencia, mezcladas con la magia de unas películas míticas: Solo ante el peligro, El Bueno, el Feo y El Malo, Los Diez Mandamientos, 7 novias para 7 hermanos, Lo que el viento se llevó, Tiburón, La Guerra de las Galaxias…

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Villacarrillo Costumbrista: El Agosto (Homenaje a Paco Coronado)

Recuperamos hoy un articulo de Paco Coronado incluido en el libro de Feria y Fiestas 2010. El el mismo, nos hablaba de las labores de labranza del verano: la siega, la trilla, la elaboración del trigo en harina y el pan que se conseguía con las mieses recogidas con tanto esfuerzo y no poco sufrimiento. Una historia de vida…

Una pareja de mulos sube por el camino de La Minga, enfilada, parsimoniosa. La carga de gavillas que acarrean es de tal volumen, que quedan ocultos bajo la mies, convirtiendo su apariencia natural en dos bolas amarillas en movimiento. Les azuza la voz incitante, estimuladora, del hombre que a la zaga agarra el pelo del luengo rabo del último animal, para aliviarse en la subida. Ya en la carretera la recua bordea los añosos álamos, árboles de reciedumbre y poblada espesura, que sombrean Las Pilas. A su amparo arbóreo se preserva del sol naciente la hilera de pequeñas casas de este apartado caserío, a apenas medio kilómetro de la población. A la puerta de algunas de ellas un espeso emparrado tamiza la luz del soportal, y ofrece de sus nudosos troncos el arracimado fruto, vestido con unas redecillas; ya ofrece su dulcedumbre, y así se contraría la dañina golosía de caretos y avispas.

Atrasnalando mies. Años 50. Antonio Montoro

El tío Germán aguarda en la era la llegada de las acémilas. Las ha vislumbrado en la subida, desde los álamos. Su figura cargada, enjuta, trajina entre los trasnales de mies, puestos a orear unos días antes en los contornos del terreno; se cubre con un sombrero de paja de alas convexas, ajustado a la cabeza con un pañuelo anudado a las sienes, que absorbe el sudor que le mana de la frente; la camisa gris, fuertemente ceñida al cuello y a las muñecas y el estrecho pantalón de similar color, acentúan su delgadez. Llegan las bestias junto al trasnal y al desanudar las sogas quedan esparcidas las gavillas a los pies de la recua. El hombre sacude las espigas que han quedado tronchadas en las amugas, y con parsimonia devana las sogas en los palos del aparejo, hasta formar dos madejas colgantes. Ayudados con la horca, apilan la mies, para formar una pirámide que crece tras cada viaje, dando lugar ya a un robusto trasnal.

Trotan las caballerías cuesta abajo, ahora con la ligereza que ofrece la carencia de carga; levantan nubecillas de polvo, al aplastar sus herraduras la tierra seca y menuda. El silencio de la mañana veraniega se trastoca con el sonido continuo que producen los caretos al zumbar agitados, atraídos por el vistoso color amarillo de unas plantas espinosas. Junto a la Fuente de la Minga el rumor del grueso caño de agua que se vierte al pilón cuadrilongo, atrae a la recua a aplacar la sed.

En el piojar (pegujal) descincha el segador las bestias y las traba de las manos, por encima del casco. Quedan a su complacencia por el rastrojo. Se coloca el zamarrón y lo ata a las piernas y a la cintura, y enfunda en su mano izquierda los dediles, unas fundas de cuero que preservan los dedos del corte de la hoz cuando, desde la diestra, parte el instrumento para cortar la mies puñado a puñado. Se une a otros dos segadores que avanzan inclinados sobre los tallos agostados, serrando manojos del grosor que abarca la mano, y los dejan atrás agavillados, en espera de formar los suficientes haces para completar otra carga y repetir el acarreo.

Se abre la mañana y el calor se vuelve insoportable. Una damajuana revestida de pleita, humedecida, preserva el frescor del agua, y alivia la sequedad de las gargantas de los segadores, a la par que atempera el sofocante calor. El trío avanza lentamente a lo largo de la labrantía. Quedan atrás, enhiestas, las cañas residuales de la mies en un corte parejo y uniforme. Una vez alzada la cosecha y pase el día de la virgen de agosto, se quemará el residual rastrojo.

Atardece y el polvo, del camino que viene desde el Pozo de Don Joaquín, se hoya con las pisadas de varias mujeres y chiquillos. Vienen de espigar. Regresan después de patear los rastrojos calinosos, extendidos sobre el ardiente horizonte. Sobre la espalda acarrean el fruto de la rebusca en unos fardeles rechonchos y agujerados, por los que escapan algunas de las espigas. Una de ellas camina con los brazos en jarras, la espalda erguida en el afán de recuperar el bienestar perdido tras varias horas inclinada entre las cañas del barbecho; se bambolea con el paso el pañolón que penden de su mano, el mismo que le ha preservado del sol agosteño; ceñido a su cintura el mandil, remedo de cesta para acopiar las espigas, le cubre la falda. Chiquillos de rostro renegrido, por el verano al aire libre, transportan varias cubetas del basto fruto dejado por la alzada cosecha; traen las piernas arañadas, al desamparo de los calzones cortos, aguijonadas por la agudeza de las cañas del barbecho. Ya en su casa, en la puerta, esparcen el contenido de los fardeles y de las cubetas sobre un recogido mantoncillo. A mano frotando las espigas o con una maza golpeando aquí y allá, comienzan a desgranar el fruto; todos están alrededor de la pequeña cosecha. Una vez quebrantadas las espigas, el montón resultante se vacía en una espuerta para aventarlo en las afueras del pueblo, allí donde el aire campea sin estorbo. El amplio cesto sube hasta la altura del hombro, se inclina y con acierto cae la mezcla; al traspasar el vientecillo el caño atemperado, despoja la liviana paja y la deposita unos metros más allá; el grano amarillento, aristado, llena las cubetas colocadas a los pies de los recolectores. En alguna panadería o en la fábrica de harinas de don Pedro Mejía Orozco se hace el trueque. La austera cosecha a cambio de unos vales de pan, unos kilos de harina o alguna cantidad de dinero. Los tres o cuatro fardeles se pesan en la báscula que gobierna Vicente Romero, situada en una amplia estancia sombría, que queda frente a la entrada a la fábrica de harina. Las talegas se vuelcan, sacudiéndolas por las extremas costuras, sobre una tupida alambrada, que cubre el granero subterráneo, protegido por tablas de madera, donde duerme el grano hasta que es conducido a su destino final, la molienda. El importe de la rebusca será abonado en la oficina, a la salida de la fábrica, por el contable Pedro Tortosa.            

En el interior de la fábrica pulula una sutil neblina formada por infinitesimales corpúsculos de harina pulverulenta, recién obtenida, que se deposita por todas partes formando pequeños neveros en los resquicios de la madera oscura que cubre la maquinaria. El movimiento de giro de las maquinas lo producen potentes motores a través de gruesas correas de transmisión, ocasionando un resonante traqueteo que hace ininteligible cualquier intento de conversación. De aquí a allá, desde abajo hacia arriba, se mueven diligentes los encargados de llevar a fin el proceso molturador. Miguel Carrasco, Ignacio Granados, Antonio Peiró, Luis Sánchez Altarejos, éste a la vez conductor del achatado camión Pegaso con el que se hacen los transportes, vehículo siempre dispuesto junto a la fábrica, aparcado en el ensanche que toma la calle Guitarrista Manjón al descender del Pozuelo. El cabello, las cejas, los brazos velludos de estos hombres, queda poblado de las minúsculas partículas resultantes de la molienda; la nevada apariencia les confiere el venerable aspecto de unos ancianos.

Al paso por sucesivas cribas, el grano ha quedado limpio de paja, residuos y de otros tipos de cereales; cae en la tolva, una enorme caja con forma de tronco de pirámide invertido de base cuadrada, que se utiliza para dirigir las sustancias que se deben triturar, moler o clasificar, a las partes activas de la máquina en la se realiza por fases el proceso de la molienda. En la última de ellas se obtiene el moyuelo, que no es otra cosa que un salvado muy fino, el último apure que se separa de la harina, o sea la cáscara molida del grano, que se utiliza para el amasao de los animales domésticos; también se obtiene al final la harinilla, el acemite y el producto más importante: la harina. en la que se contienen los alimentos de la semilla. Una maquina purificadora, consistente en una criba atravesada por un chorro de aire, separa las partículas de harina al hacerlas pasar por una trama de orificios; de ahí el ambiente corpuscular que se produce, ambiente por cierto que puede llegar a ser explosivo al mezclarse con el aire el polvo de harina en suspensión. A través de una pequeña ventanilla cubierta por un cristal, se contempla el chorro desigual que crea la harina al caer desde la tolva a la que ha ido a parar, hasta el saco de cáñamo abrazado por unas recias correas al extremo inferior del enorme cajón de madera. Cuando quedan los sacos colmados se trasladan cómodamente uno a uno, en una carretilla de dos ruedas, sobre la que se recuesta el saco con facilidad, hasta la báscula de la sala contigua. Mermado o acrecentado su contenido con la mensura de un enorme balanzón, al dictado del fiel de la báscula, quedan los sacos almacenados en pie derecho, en apretada formación. La producción de harina, casi en su totalidad, se vende; también se destina a la elaboración de pan. En el horno situado al otro extremo de la fábrica, templar el horno y cocer el pan es el oficio de Juan Martínez Fernández, José Ramón Muñoz Sánchez, Francisco Ballesteros Martínez y un chaval recién llegado, Francisco Soto Aranda. El pan que se elabora se despacha en un recogido local contiguo a la entrada, bajo el arco o puentecillo que une la fábrica con la vivienda del dueño. De esta venta se encarga Isabel, una señora mayor, que viste siempre de negro, afable, de ademanes complacientes y a la que la singulariza el copete, el pelo rígido, moldeado, que lleva sobre la frente.

En varios días ha quedado la totalidad de la mies atresnalada en la era, los haces, ensartados en la horca, forman el ruedo que levantará la parva. A la presión de las cuchillas del trillo alumbra la espiga los granos apiñados en las cuatro o cinco carreras que la forman. Cuando se ha producido la eclosión total del grano, sale el animal del rodal y queda libre una vez desenganchado de la camaleja. El trillo se aparta a un lado empujado por los chiquillos. Ya está el sol en su cenit, el calor se torna agobiante. La rastrilla, arrastrada por el animal amontona la mezcla heterogénea. La escoba apura y elimina por completo el rastro de la parva. Y ahora a esperar en el sestero a que sople la necesaria brisa.

Una persistente ráfaga de aire remueve los álamos. ¡Ya está aquí el aire de Quesá ¡. El aire que viene encañado desde el sur. De seguir soplando, en una hora la labor quedará concluida. En otro caso se aguarda, a capricho del aire, el paso de las horas, y si cae la noche y sigue la calma indolente, se produce una situación de vigilia que obliga a extender unas mantas junto a la parva, en situación de duermevela, al acecho de la llegada del aire indispensable.

Se ha terminado de ablentar y del burdo trasnal ha resultado un preciado montón de grano a cuya mensura se procede seguidamente, con la media fanega, un cajón trapezoidal, brillante por el uso, que una vez lleno de grano se rasa con el raedor, que es un cilindro de madera que allana la superficie de la medida y deja en el extremo un pequeño rimero de trigo llamado tacón. Ahora se paga la maquila al tío Germán. La maquila es la forma de liquidar al dueño de la era el servicio prestado, con parte del fruto recogido.

El trigo de la cosecha se cambia por el pan del año; también servirá el cereal para convenir, al pasar la feria o allá por el mes de octubre, la iguala con el barbero; la medida que se acuerde: en fanegas, medias fanegas o celemines, garantizará el arreglo del pelo y el afeitado, de los miembros varones de la familia, durante los siguientes doce meses.

Conforme se suceden los primeros días del mes de septiembre van desapareciendo los tresnales de las eras. En cualquier horizonte, hasta donde nos alcance la vista, sólo veremos caminos solitarios. Días antes eran transitados por bestias cabizbajas, envueltas en haces, reiterando un paso uniforme, monótono, que las ha conducido una y otra vez desde el trigal a las numerosas eras de pan trillar que confinan con los muros del pueblo. Al más leve movimiento del aire los caminos expelen, espeso y blanquecino, en forma de remolinos, el polvo que los cubre. Se forma una polvareda tras el paso de la camioneta que baja por el camino hacia el cortijo, y que se aleja invisible, perdida en la polvorienta niebla, presentida únicamente por el petardeo ruidoso de su motor. Poco a poco, vuelven los infinitos corpúsculos a su estado de quietud para cubrir con desdén las hileras de plantas espinosas, de plumosas cabezuelas blancas, alineadas a lo largo del camino, consumidas por la sofocante calina. Los rastrojos renegridos, ausentes las figuras inclinadas de los segadores, cuartean la tierra de labrantía, como un irregular tablero de ajedrez, a la espera de la reanudación de un nuevo ciclo.

Francisco Coronado Molero

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Los Bohemios. Entrevista a Paco Coronado sobre la historia de un Villacarrillo muy pop

Hoy vamos a recuperar un artículo del antiguo Diario Cultural de Villacarrillo. Una entrevista que le hicimos a Paco Coronado, al que seguimos homenajeando, en el año 2012. El motivo no fue otro que recuperar la memoria de los años más pop de Villacarrillo. Finales de los 60 y principios de los 70 en nuestro pueblo donde proliferaban los grupos de música cercanos a la estela de ese movimiento que tanto bien hizo (y sigue haciendo) a todo buen amante de la música. Algunos, algunas os acordareis de Los Bohemios…

Así lo contamos entonces:

Una tarde, pensando en qué aportar al Diario Cultural de Villacarrillo, tras una conversación totalmente informal con Paco Claverías (una de las patas de esta mesa pop) le pregunté; “me gustaría hacer algo con los grupos de música de Villacarrillo de finales de los 60 y principios de los 70, ¿no pertenecías tú a los Bohemios?” Me dijo que sí; que lo mejor era dirigirme a Paco Coronado (otra pata de esta maravillosa mesa) ya que él me pondría al tanto de todo esto. Hecho este que me ratificó Ángel Castillo (tercera pata de nuestra particular mesa). Hemos elegido Los Bohemios al azar, pero esto ha servido (a mí particularmente) para conocer que Villacarrillo también vivió su “Edad de Oro POP” con grupos que surgieron a raíz de grandes ídolos de aquella época, nacionales e internacionales; The Beatles, Los Sirex, Pequeniques, Formula V y un largo etc.Antes fueron; “Sola y sus muchachos” (más tarde Los Sola,s), Los Dinámicos, Los Genios y algunos más. Paco Coronado atendió la llamada al instante, no hubo ni que rogarle. Y aquí está el resultado del trabajo de este hombre. Un preciso y precioso documento que debería leerse detenidamente para conocer a estas personas que en su día abanderaron un “movimiento” de música ligera en nuestro pueblo y que son ejemplo de inquietud y desarrollo personal. Sé que se han removido cosas por dentro y que la emoción al recordar estas historias han provocado alguna “lagrimilla”. Por todo esto y mucho más; gracias amigo Paco.      

PREGUNTA: Varios vínculos en común llevan a cuatro chiquillos a interesarse por la música. Comenzamos la casa por los cimientos; cuéntanos como pasó
RESPUESTA: Uno de los vínculos que nos une a los cuatros chiquillos que más tarde daríamos vida al grupo Bohemios, es efectivamente la música. Sin embargo no únicamente es este arte el que nos cohesiona. La primera pieza del ensamblaje que nos une nace en los años escolares en la escuelas de SAFA de Villacarrillo. El segundo paso de la ensambladura es el fútbol, sin duda la única actividad deportiva que se practicaba. Cada era de pan trillar constituía un campo de fútbol, y así se puede ver en la fotografía (Equipo de fútbol “Los Peques”, de fecha 15 de mayo de 1964 en la Era del Campo de Fútbol); en esta alineación estamos los cuatro chiquillos: Paquito Coronado, Juli Casero, Paco Claverías y Ángel Castillo; es singular la equipación que vestimos.

1965:Equipo de fútbol infantil «Los Peques». De pie 4º por la izquierda Paquito Coronado; arrodillados 2º,3º y4º, Juli Casero, Paco Claverías y Ángel Castillo

2ª P: Llega el Bachillerato y las primeras inquietudes musicales. Vuestros gustos musicales coincidían y la intención de formar un grupo que emulara a vuestros ídolos empezó a ser una realidad.  
R: En el año 1967, con once años, concluida la Primera Enseñanza y, previo Examen de Ingreso, iniciamos Primero de Bachillerato Elemental en el Patronato N.S. del Rosario, en la calle Ramón y Cajal. La música de Los Brincos, Los Bravos, Los Pic Nic, Adamo, … que se oye entonces, da lugar a la tercera pieza del ensamblaje. Emulamos a dichos conjuntos y cantantes y en cierto modo llamamos la atención entre nuestros compañeros, constituyendo así una seña de identidad. En estos años se une a nosotros un auténtico guitarrista: Luis Moreno, bandurria en la rondalla de “El Maestro Vilano”.

Rondalla del Maestro Vilano

Nombre no teníamos y Emilio Parra, del curso tercero, nos bautizó como Los Silvers. Y no quedó en este nombre él único con el que se nos conoció. En una de las actividades que por San Tomás de Aquino se celebraban en el Salón de Actos del nuevo Instituto, interpretamos “Un rayo de sol”, fulgurante canción de la época; cada uno con la guitarra española recién estrenada y yo con una pequeña melódica roja, regalo de reyes de aquel año. Nos presentó Juan Cruz, profesor de Lengua y Filosofía del centro, adjudicándonos el rimbombante título de “Los Ingenuos Trovadores de la Celtiberia”. Casi nada.

Al fondo la gasolinera de arriba. De izq. a dech. Paco Coronado, Paco Claverías, Juli Casero y Ángel Castillo

3ª P: ¿Cómo fueron aquellos primeros acordes y los primeros ensayos?
R: Nos juntábamos a ensayar en el patio de mi casa. Con varios cajones y dos trozos de palo formamos la batería. Aquellos ensayos nos tenían ocupadas las mañanas veraniegas. De aquellas soleadas mañanas salió el nombre de “BOHEMIOS”. Definitivo nombre por el que hemos sido conocidos musicalmente, sin que olvidemos que también se denominó así el entorno que formábamos amigos y amigas.
Ya queda por entonces determinado el instrumento que cada uno tocaría. Juli Casero y Paco Claverias, guitarras rítmicas; Luis Moreno, guitarra punteo; Ángel Castillo, baterista y el que habla, Paco Coronado, el bajo. Constituyendo los cinco el coro vocal. 
La batería para Ángel la formamos con diversos elementos fruto de la imaginación y algún trapicheo. El elemento más llamativo de la batería era el bombo, que consistía en un tabar de los utilizados para las sardinas tuertas (arenques), bien forrado y con una cartulina en la parte delantera que mostraba The Bohemio’s, en letras artísticas. El olor que desprendía denotaba fácilmente su procedencia, llegando tal aroma a todos los rincones del salón que nos servía de estudio de ensayo.Al poco tuvimos conocimiento de la disolución de un grupo de Villanueva del Arzobispo, llamado “Los Ídolos”, que vendían la batería. El trato se cerró en 1.250 pesetas, las que fuimos pagando a plazos con la paga que nos daban los domingos que era de 25 pesetas, y que quedaban de esta forma desglosada: 15, para pagar la batería y con las 10 restantes, debidamente exprimidas, daban para un paquete de tabaco comunitario, un vino y alguna partida en los futbolines de Andrés del Arco, junto al paseo.

4ª PREGUNTA: Y llegan vuestras primeras presentaciones en directo. 
R: En el centro de juventud organizábamos baile todos los domingos. El recinto se llenaba a rebosar. El repertorio era los números musicales de la época y otros que escuchábamos en directo de los dos conjuntos que por entonces había en Villacarrillo: Los Solas y Los Genios; y las canciones del Grupo Nuevos Horizontes, que actuaban en la verbena de feria.

1971. Grupo Los Genios, Juan Arruza, Salvi Tello, Manoli López y Juan de la Torre


En un sucinto repaso por aquel repertorio apunto: Lola, Un sorbito de champán, Cállate niña …; más tarde Fin de semana, El Arlequín de Toledo, Cumbia de la cimarrona, Aquarius, Sacramento, Vacaciones de verano, María Elena, Oye como va, El gato que está triste y azul, Chaly, Calles del viejo París, Torrevieja, Soñar, (de Lone Star), Dicen (Zarzamora), No soy de aquí, Un beso y una flor, Tierras lejanas, Sin una ilusión y Mi destino es como el viento, (ambas de los jiennenses Mobby Dick) Maruja Limón, Caridad, Si no estás tú (Nilsson), Alma corazón y vida, Una sencilla canción de amor, Que nadie sepa mi sufrir, Distancia, Killing me softly, Son of my father, Hey Jude, Adios linda Candy, Eva María, Mi talismán, Pop Corn, Perfidia, Bésame, Las hojas muertas, Let it be, Jaén, Cerca de las estrellas… y algunas otras que no vienen a mi memoria, si bien fue “El violín de cartón” la que constituyó el distintivo Bohemios.

1974 Programa de mano de una actuación de Los Bohemios
1972 Juli Casero, Paco Coronado y agachado Paco Claverias

-5ª PREGUNTA: Pero muchas de esas canciones están cantadas en inglés…

R: Sí, alguno de estos números musicales tenía la letra en inglés, pues, nada, se cantaba en inglés, claro está que la letra la hacíamos en nuestro particular inglés, al que calificábamos como “inglés del Condado”. En el año 1972 Luis Moreno abandona el grupo y se marcha a Valencia a trabajar y Juli Casero se hace cargo de la guitarra solista. Una vez desapareció el Grupo Los Genios, utilizamos su instrumental para varias actuaciones; siempre nos quedábamos con la miel en los labios por lo que significaba para nosotros tocar con instrumentos eléctricos, micrófonos, etc, por ello no dimos muchas vueltas al ofrecimiento del referido grupo de alquilarnos su instrumental y lugar de ensayo, frente a lo que hoy es el Mercadona, con vistas a los contratos que pudieran ir saliendo. Y de esta forma en los primeros días del mes de julio del año 1973, comenzamos a ensayar.

Mañana, tarde y madrugada luchábamos por adaptarnos a aquel instrumental y formar un extenso repertorio con los números musicales que antes he referido y que fuera más que suficiente para las venideras actuaciones. Micrófonos que una vez se humedecían con el aliento te lanzaban hacia atrás debido al calambrazo que producía la corriente eléctrica; el eco del equipo de voces, entonces de cinta magnética, que se dañaba cada dos por tres; ampollas en los dedos, producidas por la presión continua sobre las cuerdas metálicas. Todo nos daba igual; se iba cumpliendo el sueño que siempre habíamos ambicionado.

1971. Foto de amigos en una verbena. Tele (3º por la derecha, más tarde bateria de Triana). Agachados Paco Coronado y Ángel Castillo
1972. Por la izquierda de pie; 2º Paco Coronado, 4º, 5º y 6º Juli Casero, Ángel Castillo y Luis Moreno

P: Hubo un momento en vuestra vida que os marcó para siempre. Vosotros los llamáis el “efecto Quesada”. Ahora es una anécdota divertida que nos gustaría que rememorases. 

R: El efecto Quesada, es llamado así en nuestro argot, por la consecuencia y secuela que produjo. Fue el inicio y término de la carrera musical del Grupo Bohemios. Me explico.
En un lugar bien visible de los escaparates de los comercios de Villacarrillo fijamos unas tiras de papel que llevaban el nombre del grupo y el número de teléfono, concretamente el número era el 451, del domicilio de uno de los componentes del conjunto.

A primeros de agosto una llamada a ese teléfono nos trae el primer contrato: una boda en Villanueva del Arzobispo para el día quince de agosto, fiesta nacional, ajustándose en el precio de cinco mil pesetas. En todo ello se compromete el padre del referido miembro, que es quien recibe la llamada y promete que el grupo actuará allí en esa fecha. A la vista de ello se intensifican los ensayos, con el delirio que dicha actuación nos producía.

1972. Ángel Castillo con nueva batería.

Llega el día quince, aprovechamos la mañana desde bien temprano para dar un último repaso al repertorio. Llaman a la puerta. Era un tal Viola Lirola, de Linares. Se había quedado este hombre con la verbena de la feria de Quesada, localidad en la que también explotaba la piscina municipal, y le hacía falta un conjunto para aquella noche.

Nosotros le dijimos que no, debido a la actuación que con anterioridad habíamos contratado para la boda. Este hombre nos dijo que había estado hablando con Salvi, nuestro representante, que era uno de los componentes del grupo que nos había alquilado los instrumentos que, de una manera arbitraria, se había arrogado tal atribución. Éste, aun conociendo la actuación del grupo en la boda que se celebraba aquella tarde y sin consultar con nosotros, había dado palabra al tal Viola para que actuáramos aquella noche en la verbena de la población de Quesada. Nos montamos en el coche de este hombre y vamos a hablar con nuestro “manager”.

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– Que no os preocupéis, – decía nuestro improvisado representante – vosotros os vais a Quesada, este hombre os da ocho mil pesetas; en Villanueva del Arzobispo os dan cinco mil, pues allí que os vais. Cuántas veces lo hemos hecho nosotros, cuando teníamos el conjunto, y nunca ha pasado nada.         – Que no, que nosotros ya le hemos dado palabra al novio y no lo vamos a dejar colgado – le decíamos nosotros.         Después de un rato, logró convencernos y decidimos ir a Quesada, quedando reflejado el ajuste en un trozo de papel de estraza. El tal Viola, con mucha vista, pensó que con él deberíamos ir alguno, de hecho nos fuimos José Ramón amigo del grupo y yo, ya que por la tarde mandaría una furgoneta para llevar los instrumentos y en ella no cabríamos todos. Al volver a casa y comentarle a su padre que habíamos dejado la boda para irnos a la verbena de Quesada, la reacción de este hombre fue de enfado y era lógico, él había dado su palabra para cumplir con el contrato de la boda que se celebraba en Villanueva y tal compromiso tenía más valor que cualquier decisión tomada “por unos mierdas”. Tras varias llamadas a la piscina de Quesada, en la que nos encontrábamos los dos que hasta allí nos habíamos desplazado, y de las que hacía caso omiso Viola, se acordó que el “manager” se desplazara con su coche hasta Quesada y nos recogiera para traernos de vuelta a Villacarrillo y desde aquí acudir a Villanueva a cumplir nuestro primario compromiso. Operación que de forma subterfugia se llevó a cabo. Ya aquí, en varios coches se distribuyó el instrumental y llegamos con ajustada hora a la boda; montamos con rapidez y a tiempo para tocar la marcha nupcial a los recién casados. Hicimos varios números mientras los invitados se distribuían por las mesas del banquete y no indicaron que pasáramos a una habitación en la que se encontraba la abundancia de los manjares del convite y desde donde se iban distribuyendo a los comensales. No enzarzamos con un lebrillo rebosante de gambas, hasta que la superficie de estas quedó a una distancia considerable del borde del recipiente, ayudándonos a ello el trasiego de un número notable de botellas de cerveza. Paladeamos la tarta nupcial y abrimos alguna botella de sidra, antes de que el protocolo del convite indicara el momento de disfrutarlos.

Una vez retiradas las mesas se inicia el baile y lógicamente se crea ese ambiente festivo, desinhibido, embriagado por el vino y los licores. No llevaríamos cinco números cuando nos avisan que unos señores nos esperan en el portal del edificio. Bajamos y al verlos ¡Qué ilusión! Venían nuestros padres a vernos actuar. Inmediata desilusión pues la actitud que denotaban sus rostros no rozaba la alegría ni de coña. Urgentemente teníamos que dejar la boda ya que el tal Viola, con aquel papel de estraza que emulaba un contrato, había solicitado el auxilio judicial y la guardia civil nos iba a obligar a volver a Quesada. Imagínate el baile de una boda, el ambiente, la alegría de los invitados, la felicidad de la pareja de recién casados y ahora no hay que imaginarse en qué quedaron estas sensaciones cuando se corrió la voz de la marcha de los músicos. A Dios gracias, la amistad del padre del novio con uno de nuestros progenitores, permitió que fuéramos a Quesada a cumplir el seudocontrato asumido, y que los invitados se trasladarían al baile de otra boda que se celebraba en un salón cercano.

Llegamos a Quesada alrededor de las doce de la noche, a una verbena desbordante de personas, elegantemente ataviadas, al igual que por entonces ocurría en la verbena de Villacarrillo. Causó impresión nuestra juventud, teníamos por entonces dieciséis o diecisiete años, tal es así que principio creían los porteros que intentábamos colarnos a la verbena. No puedo determinar si de igual manera impresionó nuestra actuación. El caso es que como pudimos llegamos al final, allí no funcionaba nada, ni micrófonos, ni eco, nada. Cobramos cinco mil pesetas de las ocho mil prometidas, si bien nuestro “manager” al hacer la liquidación de gastos y suplidos, nos entregó a cada uno trescientas veinticinco pesetas. Quemamos aquel primer cohete y quedó disuelto el proyecto musical del Grupo Bohemios. Nos habíamos esfumado derrotados por “el efecto Quesada”.

1975 PROMOCIONAL, GRUPO LOS SOLAS. De izq a derecha: Frasco, Pedro Álvarez, Manolo, Ángel y Antonio Sola.

P: Pero hubo un después. La música seguía siendo un pilar fundamental para vosotros, así que cada uno continúo por otros derroteros.

R: Efectivamente, esto  no acabó con el sentimiento y con la afición que sentíamos por la música. Rara era la tarde de los calurosos veranos, después de la comida de medio día, en las que no se veía a Paco Coronado y a Juli Casero, con las guitarras al hombro, subiendo apegados a las paredes de las casas de la calle Generalísimo, por aprovechar la línea de sombra, hacia el parque de nuestro paseo y en un banco, bajo la sombra de un frondoso árbol, continuar con la afición que con mayor vehemencia marcó nuestra adolescencia.
Para el año 1974 Ángel iniciaba su periplo musical con el grupo local Los Solas; yo en Úbeda, donde estudiaba, entré de bajista con el grupo Ámbar. Estuvimos dos años en estos grupos ya que ambos iniciábamos en Jaén, él Magisterio y yo Ingeniería Técnica Industrial.

1975 GRUPO ÁMBAR (De izquierda a derecha: Nacles, Juan, Paco Coronado, Juanín y Pepe)

Para 1982, ya casado, sustituí al bajista del grupo Almicerán, durante una temporada.

1976 CARNET DEL SINDICATO DE MÚSICOS A NOMBRE DE PACO CORONADO

P: Pero hubo un segundo encuentro. Ya en el 92 a alguien se le ocurre retomar el grupo. ¿Segundas partes nunca fueron buenas, o aquí rompemos el dicho?

En el año 1992 decidimos, los miembros de Bohemios y dos de Los Genios, retomar la afición musical que hacía años que habíamos dejado y fuimos hacia adelante; al final quedó el grupo formado por Juan Galiá, guitarra solista; Paco Claverías, guitarra acompañamiento; Salvador Tello, pianista; Ángel Castillo, baterista y el que habla Paco Coronado, bajista; queda el grupo de voces interpretado por los cinco. Aprovechábamos los fines de semana, la primera ocasión el cinco de diciembre de 1992, para juntarnos en un local y darnos el gusto de disfrutar de la música. El grupo contaba con instrumentos aportados por cada uno y una mesa de sonido con sus correspondientes bafles y micrófonos. Al paso del tiempo actuamos para alguna fiesta de amigos y otros eventos familiares.

1993. ACTUACIÓN EN EL 50 ANIVERSARIO DE SAFA. SALVI TELLO, JUAN GALIÁ, PACO CALVERÍAS, ÁNGEL CASTILLO Y PACO CORONADO

P: Pero hubo hasta una pequeña gira de la que disfrutamos muchos. Recuerdo un concierto en la Plaza de San Luis.

R: Hubo muchos conciertos, sí; en el cincuentenario de la escuelas SAFA de Villacarrillo (29/05/93). Varias veces en terrazas de verano y discotecas, las Nocheviejas de los años 1995 y 1997 en la cena del Hotel Las Villas y la del 1999 en Salón Olimpo, varias bodas, y la última actuación fue el 22 de junio de 2001 en la fiesta fin de curso de las Escuelas SAFA. Las actuaciones celebradas en la Plaza San Luis en los años 1995 y 1996 quedaron grabadas mediante la mesa que ajustaba el sonido. Aquellos casetes los hemos pasado a CD, dando lugar a cinco copias de cuatro discos, recogidos en dos estuches, cuyas portadas e interiores contienen fotos del grupo en distintos años. Cada uno guardamos, como oro, una de las copias.

1995. ACTUACIÓN EN UNA BODA: SALVI TELLO, JUAN GALIÁ, PACO CLAVERÍAS, ÁNGEL CASTILLO, Y PACO CORONADO

P: Dime la canción que más te gusta de aquellos maravillosos años, la que te hizo “clic” para decir; ¡quiero ser músico!

R: No fue una canción en especial, aquello fue un proceso. Mi hermana que tenía una voz preciosa y aún la conserva, siempre cantaba cuando hacía las faenas de casa. Cantaba pasodobles, cuplés, la canción moderna que daba la radio, etc., en definitiva la música que se escuchaba en los primeros años sesenta. Llegó hasta mí la música, interpretada por ella, como un aprendizaje más, en esa edad temprana en la que cualquier sensación se fija a la personalidad y va formando parte de ti el resto de tu vida. Una vez formado el grupo me vienen a la memoria canciones inolvidables: Let it be, de The Beatles, Killing me softly, de Roberta Flack, Aquarius, de la  revista americana “Hair”, Have you ever seen the rain, de C.C.Revival (para nosotros “Aguo mi nou”), El violín de Cartón, de Nuevos Horizontes, por su dulzura y el significado emotivo que ha tenido para el grupo… En fin pasa el tiempo y nuevos gustos y otros movimientos musicales te van atrayendo, sin que por ello aquellas canciones hayan dejado de ser el sedimento de nuestra vida en la música.

1995 JUAN GALIÁ, PACO CLAVERÍAS, ÁNGEL CASTILLO, PACO CORONADO Y SALVADOR TELLO

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Villacarrillo Costumbrista: El Padre Francés (Homenaje a Paco Coronado)

Maravilloso el artículo que os compartimos hoy. El Villacarrillo Costumbrista de Paco Coronado, publicado en el Libro de Feria y Fiestas de 2009, nos acercó a la figura de un cura cuya labor, además de la del sacerdocio en sí, fue la de entretener a la juventud de finales de los años 50. Un hombre adelantado a su tiempo que fomentó la lectura, enseñó a los chavales a jugar con diversos juegos de mesa, al billar, al futbolín y realizaba sesiones de televisión. El Padre Francés, como así se le conocía, fue el pionero de lo que más tarde fue denominado como salas recreativas (o recreativos).

La correntía espesa y continuada, ocasionada por la lluvia otoñal, baja encauzada y rápida por el royo (sic) rehundido de la empedrada calle Ramón y Cajal, la calle del Hospital. Esas abundantes aguas manan presurosas desde el alto inicio de la calle, y asumen en su trayecto otros cauces del Cerro del Águila para, raudos, desembocar en la Plazoleta de Carbonel. La pendiente de la propia calle Queipo de Llano impone su trayectoria y las reconduce hasta el Puentecillo de Bichorro; otro aluvión, otra venida que desciende impetuosa de la calle Cervantes, las surte  y se pierden, como una sola arroyada, por el pilar de La Alameda.

El padre francés

Junto al Hospital de San Lorenzo, el Instituto, “Patronato de Enseñanza Media, Virgen del Rosario”, da cobijo, apiñados en el vestíbulo, a numerosos chavales en espera a la escampada del recio temporal, para atravesar la calle y acercarse al local de juegos que, justo frente a la fachada del hospital, abre sus recias puertas, a la chavalería, juventud e incluso a adultos, en ánimo de distracción, entretenimiento y cultura, con juegos, biblioteca y algo espectacular para este tiempo, primeros años sesenta: la televisión. Algunos, presurosos, hunden las botas en el arroyo y salvan la humedad de la cabeza, con el tocho de libros y bloces. Un local grande, de altos techos, propiedad de la familia Corencia, recoge a toda esta humanidad que, en otro caso, malbarataría su esparcimiento en formas de ocio para nada plausibles. Gobierna este lugar lúdico el Padre Francés, hombre de gruesa constitución y altura, de reluciente calavera que cubre sus ojos con gafas oscuras y viste perpetua sotana negra. Da un paseo entre futbolines y billares, cuidando el comportamiento de los chavales, sin dejar el persistente cigarrillo; la mano contraria en el bolsillo del pantalón, bajo la sotana.

            “El Padre Francés” , es el sobrenombre con el que la población de Villacarrillo ha conocido a D. Antonio Martínez Martínez. Vino al mundo en “El Cortijo de la Venta” término de Hornos, el último día del mes de noviembre del año mil novecientos dieciséis. Fueron sus padres Antonio y Isidra, naturales de Beas y de Hornos y recibió en la pila bautismal el nombre de Antonio Andrés. Siendo un chaval emigra con sus padres a Francia y así se determina al constar su confirmación en la Parroquia de Decazeville de la Diócesis de Rodez, el cinco de junio de mil novecientos veintiocho. Encamina su vocación hacia el sacerdocio y tras años de estudio en el vecino país, queda ordenado para celebrar y ofrecer el sacrificio de la misa. Años más tarde regresa a España y desempeña tal ministerio en la cercana Villanueva del Arzobispo, también lo hace en la iglesia de San Isidoro de Úbeda. A finales de los años cincuenta recae en nuestro pueblo, Villacarrillo donde permaneció la totalidad de la siguiente década.

            Impresiona la llegada de este hombre, cuya personalidad y formación cultural y humana había madurado en otra sociedad, la francesa por delante años luz, de la que en aquellos época vivíamos en España. No hablemos de la que se vivía por entonces en Villacarrillo a finales de los cincuenta. La juventud villacarrillense recibe de él el ocio y el entretenimiento que hasta entonces no conocía y que buscaba de manera singular en el cine, por entonces de funciones diarias.

            El local de juegos ocupa la totalidad de la planta baja. Accediendo desde la entrada y tomando la derecha, dominan el espacio dos mesas de billar, de retorneadas patas. En el paño verde que forra su superficie se ejecutan miles y miles de trayectorias descritas por tres relucientes esferas marfileñas por mor de ingeniosos efectos, aplicados por las tacadas de expertos jugadores. Varias taqueras recogen en formación alineada los estilizados tacos de madera de conicidad progresiva, con que se sacuden estos golpes. Del techo pende, elástica, la goma cuya elongación lleva hasta el jugador la tiza de trazo azulete, con la que con suavidad y delicadeza, el avezado jugador, formando un sensible arco con el dedo meñique, da tiza a la suela del casquillo del taco, generalmente fabricada de cuero curtido, de textura áspera, ideal para que tome el yeso.

            Majestuosas las mesas de billar. De patas retorneadas, talladas a mano, verdaderas moles de madera, de superficie de pizarra cubierta por paño verde, que de igual forma recubre las bandas elásticas en las que rebotan las bolas. La longitud de las bandas está referenciada por diamantes perlarizados, reseña imprescindible para el juego. Es el billar americano, de carambolas. Se juega con tres bolas, dos de ellas blancas, diferenciadas entre si por un puntito negro;  la otra, es generalmente de color granate.

            Quedan las mesas de billar atrás y unas escaleras llevan al despacho que D. Antonio ocupa al final del salón. Allí se reúne con los jóvenes, los pequeños tienen vetada la entrada. Desde afuera, cuando se abre la puerta, se aprecian las estanterías recargadas de libros. Entre ellos, destaca por el grosor y su llamativo nombre, “El juicio final”, del italiano Giovanni Papini (1881-1956). Una mesa rectangular cubierta de tapete granate y faldillas verdes, recibe la luz que desprende la bombilla de un flexo extensible que, a la vez, proyecta en rededor la sombra de los tertulianos, envueltos en el ambiente placentario que produce la espesa niebla del humo de los cigarrillos. A D. Antonio, le sirve de otero su posición en la mesa, para cuidar el bullicio de la sala. Desde un anaquel de la estantería una reluciente calavera observa a los reunidos; también lo hace un lagarto o iguana disecada, apostada en el último estante.

            Frente a la puerta de la calle, unas escaleras de peldaños semicirculares, conducen a la sala de lectura. Casi dos docenas de filas de sillas, unidas de seis en seis, acogen a los jóvenes lectores que disfrutan, sobre sus rodillas, de las aventuras imaginadas en las ilustraciones de cuentos y tebeos apilados en las baldas de un armario situado frente a la puerta. Aventuras de vaqueros: Red Ryder, Roy Rogers, Hopalong Cassidy…; Hazañas Bélicas, el entrañable Sargento Gorila; los personajes de la animación americana, Superman, Batman y Robin, Tom y Jerry; también, en dibujos, se leen hagiografías de santos. Si bien los más buscados, son los del dibujante Hergé creador del personaje universal Tintín, de los que se va surtiendo la biblioteca poco a poco; la llegada de un nuevo ejemplar establece un riguroso orden para su lectura.

            Lo más sorprendente de aquella sala era su polivalencia, ya que además de sala de lectura, está dedicada a otra actividad más anhelada por su novedad y unicidad. A la izquierda, ocupando parte de la pared, un armario guarda tras las puertas cerradas de una hornacina, pues así podría reverenciarse aquel hueco del  mueble, un aparato de televisión, lógicamente en blanco y negro, a cuya pantalla se le coloca, en algunas ocasiones, un papel celofán de tres colores muy difuminados, pretendiendo asemejar el azul del cielo y el verde del suelo boscoso.  Relevantes partidos de fútbol del Real Madrid o de la Selección Española, apasionantes corridas de toros protagonizadas por El Cordobés y otros espectáculos destacados colman la sala de espectadores. En algunas ocasiones se cobra una peseta por localidad, dinero que revierte en ampliar el ocio.

Volviendo a la sala de juegos, a la izquierda, como poderosas ballenas varadas, los futbolines es el recreativo líder de la chiquillería. Una partida a una peseta, da mucho de si, máxime si se utilizan alguna que otra triquiñuela; como poner, apostado a cada lado de las porterías, a unos hábiles chavales, de rápidos reflejos, que recuperan la bola, metiendo la mano en la oquedad, una vez se produce el impacto seco del gol.

Debajo de un amplio ventanal, por él derrama su claridad el día, hay un mostrador desde el que se dispensan los juegos de mesa, ajedrez, parchís, tres en raya, u otros de habilidad, como el que consiste en subir una bolita de níquel a la cima de un laberinto espiral, o bien el juego de bolos, artilugio de madera que, colocado sobre una mesa, lanza una brillante bola metálica, sobre una agrupación de bolos y en donde es la destreza del jugador la que dirige con acierto la pendiente movible por la que se desliza la esfera.  Hay juegos que no se conocen ni por asomo, tal es el caso de la pantalla en la que se dibuja o escribe, accionando a izquierda o a derecha alguno de los dos mandos circulares que tiene debajo. Una década después se comercializaría en España. En el mostrador se hace el carnet a los nuevos socios, tras la entrega de dos reales. Para los que lo desconozcan, dos reales es la mitad de una peseta. La superficie de la mesa exhibe, cubiertas por un recio cristal, cientos de fotografías, testimonial del paso por el servicio militar de muchos jóvenes habituales dispersos por el territorio español. Fotos junto a la Giralda, o subidos a un dromedario en el Aiún o en Melilla, o al lado de un hórreo asturiano, algunos de aquellos jóvenes, pelados al cero, corrección muy frecuente en el servicio militar. De la misma forma se recogen en estas improntas un instante de la recién iniciada vida emigratoria de los jóvenes villacarrillenses en ciudades y pueblos del levante español, o de Francia o Alemania. Hacia la derecha tras este escaparate fotográfico, se denota la situación de los urinarios, recatados tras una cortina partida.

Aprovechando el rincón que crea la pared, al fondo del salón, se monta de vez en cuando otro entretenimiento imposible para esta época, la pista de coches, después comercializada como scalextric. Unos seis metros de largo por otros dos de ancho sirven para acoger una pista por la que dos coches circulan a una velocidad endiablada, controlada por los mandos que timonean dos chavales. A lo largo del recorrido se alinean árboles, pequeños caseríos, e incluso túneles que durante décimas de segundo ocultan y hacen imperceptible la carrera de los bólidos.

La pared queda franca a una estancia ocupada por unos billares, reservados a los mayores. La entrada a este pequeño salón ostenta sobre el dintel el escudo de la J.O.C., la organización Juventud Obrera Católica. Esta organización nace de forma oficial en Bélgica, en el año mil novecientos veinticinco, su creador fue el sacerdote Joseph Cardijn, y entró en Villacarrillo de manos de D. Antonio Martínez, el padre francés, nombrado por el Sr. Obispo, Consiliario de la Juventud Obrera Católica, (J.O.C.). Está organización agrupaba gran cantidad de jóvenes de todo tipo. El salón en cuestión lo ocupan dos mesas de billar americano de seis troneras  y quince bolas más una blanca.

En el año mil novecientos sesenta y ocho desaparece este salón de juegos y el padre Francés acoge a los jóvenes, ya en menor número, en las estancias que ocupa en el Hospital: dos pequeñas habitaciones y un aseo. Sigue ofreciendo entretenimiento ya más centrado en programas juveniles que da la televisión. La tarde del sábado se alarga hasta las nueve de la noche con la programación televisiva; desde la película de sesión de tarde, pasando por Cesta y Puntos y al final Viajes al fondo del mar. También es lugar para escuchar las más recientes novedades musicales del momento en discos de 45 r.p.m., clasificados en relucientes cajas de hojalata, cuyo destino fundamental había sido la carne de membrillo. Los Bravos, Los Brincos, Henry Stephen, Adamo, …

En este tiempo fue profesor de francés en el citado Instituto. Los que pasamos por su aula, recibimos la mejor introducción al idioma galo que podríamos haber imaginado. Además del lógico conocimiento del idioma, él dominaba el francés sin lugar a dudas mejor que el castellano, acompañaba su labor con elementos pedagógicos nuevos para nosotros. El fundamental Método Perrier, de tapas anaranjadas; las populares canciones en francés que copiábamos de la pizarra en un pequeño bloc de hojas cuadriculadas: Au claire de la lune, Alouette, Chevaliers de la Table Ronde. etc. y que cantadas a coro, nos llevaban a dominar la pronunciación francesa; las canciones francesas de Adamo, sonando en el tocadiscos y en el magnetófono de bobinas que poseía, etc. Bueno no quiero dejar fuera otro instrumento, por entonces muy pedagógico, consistente una redondeada vara de poco más de medio metro, que sacudía con fuerza sobre las manos e inocentes nalgas de chavalotes de once años.

Al Padre Francés le acompañaba fama de zahorí. Tenía la facultad de descubrir lo oculto a la vista humana. Fue muy requerido para localizar manantiales subterráneos. Tal es así que se cuenta que estando presente en unas prospecciones encaminadas a descubrir un yacimiento de agua, llevado a cabo en Arroyo del Ojanco, aconsejó a los trabajadores que dejaran de trabajar en la zona en la que lo estaban haciendo y lo hicieran en la que él señalaba, reacios a ello y de mala gana, cavaron en la zona que D. Antonio les indicó y “eureka”, emergió un considerable chorro de agua, punta de iceberg de un caudaloso manantial. De la misma forma se le atribuye la localización en los Alpes suizos de un muchacho caído en una sima tras una avalancha, y que nuestro hombre determinó desde aquí, por medio de una fotografía postal que se le facilitó. Quien le conoció afirma que en algunas ocasiones, y a modo de distracción o aseveración de tales facultades, escondían una cartera, con la que él daba en poco tiempo.

Hasta su muerte trabajó su ministerio en la parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación de Marbella, y allí falleció el 25 de julio de 2000 a los 72 años de edad. Fue meritoria la labor de D. Antoine Martínez (así firmaba) en dicha parroquia, así como su labor en el confesionario; de una de sus capillas quedó encargado, y en ella celebraba misa mañana y tarde.

Francisco Coronado Molero

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Villacarrillo Costumbrista: La subasta de los festejos taurinos de la «plaza de palos»

Seguimos con nuestro homenaje a Paco Coronado. En este caso rescatamos este interesante artículo relacionado con la historia de nuestros festejos taurinos. Publicado en el libro de Feria y Fiestas de 2014.

LA SUBASTA DE LOS FESTEJOS TAURINOS DE LA PLAZA DE PALOS

“ … Concluyo con prisa la fiesta religiosa, por irme a los toros de este día que esperan en la plaza con la relación de su encierro …. Hermosea a la tarde la plaza de bellezas y sedas en ventanas y tablados. Se corrieron doce toros, de agresivas cornamentas, bravos, que sembraron el miedo y el horror entre todos, pero también el desprecio de algunos toreros de a pie…” 1

            Pudiera ser que el párrafo que antecede formara parte de alguna crónica taurina actual, publicada en la prensa de la mañana. Sin embargo, es un fragmento de la crónica, escrita en el castellano de la época, de los festejos celebrados en honor del Cristo de la Vera Cruz, en la villa de Villa Carrillo, durante el mes de septiembre del año mil seiscientos sesenta y nueve. El relator: Alonso Escudero de la Torre, sacerdote y cronista de la villa por entonces. Primigenia tauromaquia de toros y cañas que, en el siglo siguiente, tendría como protagonista humano al pueblo, dejando de ser la fiesta elitista reservada a la nobleza.

 “… Que el común de vezinos de esta villa tiene por vienes propios las Casas del Ayuntamiento de su Conzejo en la Plaza Pública …  el Balcón de la Plaza en que asiste el Conzejo a las funziones de toros, que si se arrendara pudiera ganar dos ducados al año…” 2

            Apunte que confirma la continuidad de los festejos taurinos en nuestro pueblo, claramente anotado en el primer tomo del Catastro de Ensenada, elaborado en el año mil setecientos cincuenta y dos.

Queda patente que el escenario, en el que ocurrían aquellos episodios taurinos, era la plaza pública de la villa. Continuaron festejos y coso doscientos años más mientras, en toda España, evolucionaba y se modernizaba la fiesta de toros propiamente dicha. Considerable es la evidencia en nuestro pueblo de estos festejos, en el material gráfico que comienza en el periodo de entre siglos, del XIX al XX, hasta la desaparición del coso como tal en el año1951. Plaza Pública que cada septiembre tomaba el hábito de ruedo taurino, en tardes de resol y tábanos, para desgranar en su arena postiza la labor de centenares de lidiadores que dejaron en su entorno cuadrilongo, los balbuceos de una tauromaquia de toros y cañas, de acoso y desjarreto, de jinete y caballo; que vivió la llegada del floreciente toreo a pie y su evolución a la lidia actual, de mano de la innovadora tauromaquia belmontina.

Paseíllo de la Banda Municipal en tarde de toros. 1928. Archivo Ahisvi.

Del recuerdo y del testimonio de retratistas y aficionados quedó indeleble la transformación de Plaza Pública en escenario de encierros y corridas de toros de la feria de septiembre. La construcción o mejor la transformación de la plaza pública en coso taurino, daba comienzo a finales del mes de agosto y eran los propios vecinos los que levantaban el compacto tablado, sin que adoleciera el coso de los elementos propios de una plaza de toros: toriles, manga, burladeros, palcos para la presidencia y para la banda de música… De cómo se “levantaba el tinglado” se ocupa este trabajo.

            La construcción de la espectacular plaza de palos corría a cargo del empresario, generalmente un vecino de Villacarrillo, que lograra la puja más alta en la subasta anunciada para el día quince de agosto y que se celebraba en el Salón de Actos del Ayuntamiento. Las condiciones del remate se hacían públicas mediante la publicación de un edicto, al que se le daba publicidad por medio del Pregonero Municipal y al ser fijado en los lugares establecidos:   “ … siguiendo la costumbre tradicional hágase saber al público por medio de edictos, que el día quince del actual y hora de las doce, tendrá lugar la subasta para el arriendo de la plaza donde han de celebrarse las corridas de novillos en las próximas Fiestas; hallándose expuesto en la secretaría de este Ayuntamiento el correspondiente pliego de condiciones que ha de servir de base para la celebración de dicha subasta hasta media hora antes a la en que dé comienzo la misma. Lo que se hace público para general conocimiento; dado en Villacarrillo a cinco de agosto … EL ALCALDE…”

            El pliego de condiciones para el arriendo en Pública Subasta de las construcción de la Plaza de Toros en las Fiestas de Septiembre del año 1950, fijaba en primer lugar el tipo del remate en VEINTE MIL pesetas; no comprendiéndose en el arriendo otros festejos que los reseñados en el pliego y que consistían en CUATRO corridas: dos de ellas de dos novillos y otras dos de tres novillos; tendrían lugar los festejos en las fechas que señalase la Comisión.

            El rematante o arrendatario, se comprometía: “… a cerrar con madera los portillos de las calles por las que se produzca la entrada del ganado, así como formar el anillo de la plaza, cercar y cerrar los lugares en los que se ubiquen los toriles que quedarán unidos a la puerta del anillo por medio de una manga…”

            El tablado en el que se sitúe la Banda de Música “…tendrá que llegar hasta el borde del anillo, en forma de grada y capaz para las plazas de la citada banda; no siendo permitido colocar delante ningún andarache, sí el burladero que vaya por el interior del anillo. Su situación la señalaría la Comisión de Festejos…”

            De la misma forma se construiría de cuenta del rematante un andamio para la Presidencia de la corrida que tendría delante un burladero para personal dependiente de este municipio. Otro andamio sería construido para el Cuerpo de Ambulancia de la Asamblea Local de la Cruz Roja.

Seis burladeros de defensa para los toreros en seis extremos de la plaza “… a base de tablones o alfangias que deberán de tener la solidez necesaria para la seguridad del objeto a que se destinan. Otro burladero estará situado a la entrada del toril para el servicio de la Comisión de Festejos. Los andamios construidos serán reconocidos, en su firmeza y seguridad, por el Aparejador Municipal en la inteligencia de que el que no reúna la solidez necesaria será inutilizado…”

Respecto al precio autorizado de las localidades para los festejos sería:

 SombraSol
Por vara cuadrada (85 cm2)16 pesetas10 pesetas
Cada una de Andarache25 pesetas10 pesetas
Cada una de Tabloncillo o burladero75 pesetas35 pesetas

Encierro en la Plaza Vieja, Años 20. Archivo L. Rubiales.

Estos precios podrían ser aumentados al venir el rematante obligado a satisfacer el quince por ciento del Impuesto de Usos y Consumos.

Se determinaba el tendido de sol desde el solar propiedad del Ayuntamiento, con posterioridad Instituto Nacional de Previsión, siguiendo por frente de la casa de D. Vicente Sáenz, D. Santiago Sáenz, Casa Consistorial hasta la posada de Dª Ángeles García Mora. Evidentemente el resto sería tendido de sombra.

Los hoyos necesarios para la colocación de la madera y otros necesarios, desaparecerían una vez transcurridas las corridas y sería de cuenta del adjudicatario tal operación, que respondería de tal servicio depositando en este Ayuntamiento la cantidad de quinientas pesetas.

La construcción de la plaza debería estar terminada el día 7 de septiembre próximo; en otro caso se rescindiría el contrato, perdiendo el arrendatario el depósito de fianza.

El remate de la subasta se anunciaba para el quince de agosto siguiente a las doce horas en la Casa Consistorial, sin que las pujas fueran inferiores a 25 pesetas; previamente los licitadores entregarían en la mesa presidencial el diez por ciento del importe del tipo fijado; de no cubrirse el precio de subasta, un mismo postor podría solicitar nueva licitación. Otro requisito exigible al remantante consistía en presentar fiador de solvencia a juicio de la Presidencia; el diez por ciento quedaba en las Arcas Municipales a responder del cumplimiento del contrato.

También eran de cuenta del rematante los gastos y los medios necesarios para la instalación de los fuegos artificiales, a celebrar en el lugar que indique la Comisión de Festejos.

La contribución del Estado correspondiente a la celebración de las corridas sería satisfecha por el Ayuntamiento con cargo a la consignación que figura en los Presupuestos Municipales para fiestas.

“ Si por incumplimiento del empresario a las clausulas establecidas en el presente pliego, las reses de las corridas se marcharan por alguno de los portillos por donde ha de pasar el encierro, se entenderá por entrada para los efectos de pago.”

El importe total del remate se hará efectivo al día siguiente de terminar las corridas.

Llegado el día de la subasta, se extendía el acta del remate:

“ ACTA.-  En la Ciudad de Villacarrillo siendo las doce horas del día quince agosto de mil novecientos cincuenta, bajo la Presidencia del Alcalde D. Juan Barberán Fernández, concurriendo los concejales D. Andrés Medina León, D. Francisco Miralles Sánchez y D. Cristóbal Santafosta Fernández, asistidos del Sr. Secretario de esta Corporación, se procedió a la subasta para el arriendo de la plaza donde han de celebrarse las corridas de novillos en las próximas fiestas.

Abierto el acto, por la Presidencia se da lectura al pliego de condiciones que ha de servir de base a la licitación, empezándose la misma una vez terminada aquella.

Transcurridos que fueron treinta minutos pujándose por los señores D. Alfonso Cruz Pulido y D. Fernando Moya González, dadas las voces prevenidas se le adjudica el remate al último nombrado D. FERNANDO MOYA GONZÁLEZ, en la cantidad de VEINTIUNA MIL QUINIENTAS VEINTICINCO PESETAS.

En el mismo acto se hace entrega al Sr. Depositario de Fondos, la cantidad de DOS MIL pesetas de dicho rematante en concepto de Deposito. …”

En este mismo expediente del año 1950, se hace constar, mediante diligencia de 17 siguiente, que del precio total del remate se rebajan dos mil pesetas, por el terreno utilizado por el Instituto Nacional de Previsión, que impide que el rematante pueda construir gradas y andamios.

Para las fiestas septembrinas de 1946 el Ayuntamiento contrata el servicio de un particular para la organización y explotación de las novilladas de ese año y, de la misma forma, de la instalación de los puestos y Casetas de Feria.

Para formalizar el contrato se reúnen en la alcaldía, el Alcalde sustituto D. Andrés Medina León, en representación del Ayuntamiento y D. José Nadal Estany, de esta vecindad; está presente el Gestor D. Francisco Miralles Sánchez, asistidos del Secretario sustituto D. Francisco Caballero Muñoz.

“… El Ayuntamiento de Villacarrillo cede al Sr. Nadal Estany los derechos que ha tenido en la organización de las novilladas y casetas de Feria; y subvenciona a dicho señor con la cantidad de VEINTE MIL pesetas. El arrendatario correrá con la organización de CINCO CORRIDAS DE NOVILLOS, durante los días 9 al 13 de septiembre. Estas corridas serán de dos novillos los días 9, 10 y 11 y de tres novillos lo dos días siguientes. Con la inmediación de la Comisión de Festejos, estos novillos deberán de tener un peso a la canal que ronde los ciento cincuenta kilogramos.

            La lidia de estos novillos correrá a cargo de dos novilleros elegidos de común acuerdo con la Comisión de Festejos.

            El arrendatario deberá avenirse, en la venta de localidades, a los precios fijados en las tarifas correspondientes del pliego de condiciones. Para responder de su gestión el Sr. Nadal Estany depositará la cantidad de CINCO MIL pesetas, en concepto de fianza…”

            La crónica taurina del referido año nos habla de la actuación de los novilleros: Posadero, que sustituía a Manuel Márquez, Juanito Tarré y José Neidar; los novillos fueron de la ganadería de D. Mariano Pelayo, de procedencia Murube; cuatro de ellos fueron bravos y de fácil lidia, el resto difíciles. En dicha crónica se detalla que uno de los novillos “saltó por el burladero de los Medina”.

Programa de festejos taurinos del año 1942. Archivo F.Coronado.

La carne de las reses que se lidiaran, sería igualmente sacada a la venta en pública subasta y adjudicada al mejor postor. Para la ocasión del año 1949, el precio del remate sería de 16.000 pts. y podrían hacer posturas aquellos industriales que estuvieran autorizados.

Para aquel año serían ocho el número de novillos, cuya carne sería sacada a subasta, y su precio a la venta estaba fijado por el propio Ayuntamiento, diferenciando las categorías de aquella:

De 1ª) Sin hueso, que comprende: lomo, piernas y paletilla           22 pts/kg.

De 2ª) Que comprende: falda, pescuezo, pecho y rabo                   15    “

Despojos de dichas reses                                                                  12    “

Como requisito indispensable, ordenaba la ordenanza municipal, el adjudicatario debería habilitar un puesto para cada tipo de las carnes señaladas, debiendo estar la nota de precios bien visible al público; también se prevenía que, en dichos puestos, no se vendería otro tipo de carne que la de las reses lidiadas y que las pieles de las mismas están intervenidas por el Servicio de Carnes, Cueros y Derivados. Diariamente, y a presencia de la autoridad, se verificará el pesado de las reses lidiadas en el Matadero Municipal.

La puja quedó desierta el día fijado para la subasta, y así el Sr. Alcalde rebajó el tipo a la cantidad de 14.000 pts. , tipo que quedó cubierto por el industrial de esta población Fernando González Morcillo, al que se le adjudicó el remate en la cantidad expresada.

El anterior ceremonial desaparece cuando la plaza de toros de la Era Honda, aún sin estar terminada su construcción, comienza a celebrar en su arena las primeras novilladas en el año 1952.

De izquierda a derecha: Rodrigo de la Torre, Lorenzo Molina, S/I, Paquito Esplá, Juan Cruz, Francisco Miralles y Joaquín García. Año 1950. Cedida por F. García.

NOTAS Y ARCHIVOS:

1 “Solemnes fiestas que a la gloriosa canonización de San Pedro de Alcántara, consagró la villa de Villa Carrillo en el célebre Santuario de su religioso convento de el Santo Cristo”. Alonso Escudero de la Torre. 1669.

2 Catastro de Ensenada de 1752. Villacarrillo. AHM Villacarrillo.

-Expediente de 1950 nº 147. Arriendo de la Plaza de Toros AM Villacarrillo

-Expediente de 1946 nº 257. Arriendo de la Plaza de Toros y Casetas. AM Villacarrillo

-Archivo taurino de Francisco Coronado Molero.

Francisco Coronado Molero

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Villacarrillo Costumbrista: el homenaje de Paco Coronado a José María

En este caso, nuestro ya homenajeado Paco Coronado Molero, rendía su propio homenaje, en el Libro de Feria y Fiestas 2015, a uno de esos hombres imprescindibles para mantener vivo su propio recuerdo y el de miles de vecinos que convivieron (convivimos) con él y con esa forma de ser tan particular, tan única e irrepetible. Una vida escrita con un lápiz de albañil de punta kilométrica. In memorian, José María.

En este tórrido mes de julio, que el calor enseñorea por doquier, la memoria, el sentimiento y hasta la nostalgia de otro tiempo han punzado la emotividad del villacarrillense, al saber del fallecimiento del vecino José María. De José María puedo asegurar que cada uno de nosotros podrá recordar algo vivido: al cruzarse con él, al encontrarlo sentado en un escalón sacando punta a un no menudo lápiz, de aquellos que usan los albañiles, hasta dejar la mina como un estilete; o dando cuenta del ágape al que los vecinos le obsequiaban de forma tradicional.

José María Filgueras Martínez había nacido en Villacarrillo, a las cinco de la mañana del día 19 de marzo de 1929; en el número sesenta y siete de la calle Repullete; sus padres Manuel y Elvira, eran de esta naturaleza y vecindad, así como sus abuelos paternos José y María y maternos José María y María. Inconfundible por su gracejo a la hora de hablar y por su semblante irritado, si era el caso de algo que no le cuadrase. Leía y escribía. De la escribanía dan fe el sinnúmero de libretas y blocs que llenó de letras y números de las más diversas hechuras, como si de un primoroso pendolista se hubiera tratado. Leer lo hacía de forma impecable; las lecturas, siempre en voz alta, de los libros religiosos en su tránsito por nuestras calles, eran gratas de escuchar. Fie de zagalón cuando comenzó a frecuentar el horno de Eduardo, en la calle hoy conocida por Conrado Blanco. Su labor primaria consistió en acarrear el agua precisa para la elaboración del pan y con el tiempo, fue asumiendo aquellas otras propias de la tahona. Su salario: mantenido y un pan de kilo.  

¡ No, no te conozco, que pasa! (Mayo de 2011)

            Singular su atavío cuando se enfangaba en el trabajo: los pantalones arremangados casi hasta las ingles y las mangas de la camisa recogidas en las axilas. Una vida, abundante en hechos y anécdotas para llenar varios libros. Por edad y también por vecindad, fueron no pocas las que presencie, infinitas las que escuché.

            En razón a un viaje de fin de semana a Cádiz, tomé el autobús junto al bar Puerta del Sol y al verme se acercó: – ¡ Paaaco ! ¿Es que vas de viaje? – Sí, Jose. – ¿A dónde? – A Cádiz. –Y ¿no me vas traer naaa? – Lo que tú quieras. – ¡Un laaapiz ! – Un lápiz que te traigo yo. – Paco, ¿pero, pero cómo me los a traer de grande? – Tú dirás, Jose, le dije sonriéndome. – ¡ Asiiín¡, y abrió los brazos señalando con los dedos índices de las manos, una longitud de algo más de medio metro. – Y asín de gordo. Luego voy al jujao y me lo das. – Sí señor, el lunes te llegas Jose.

            Regresé de Cádiz con un lápiz de medidas ajustadas a su petición. La mañana del lunes llega sonriente: – Je, je, je. – Pasa, Jose. – ¡Paaaco ! ¡Hola! je, je, je… Remolonea. Abrí el cajón, saqué el regalo y se lo di; su júbilo y gozo no tuvo precio: ¡Joer, sí es grande, sí! tú verás pa sacale punta. – Déjalo así, que para gastar la que tiene ahora mismo ya habrá tiempo. – ¿y pa escribir, no me das ná ? Le grapé un taco de folios. – No, no, más gordo, échale más… Ingenuidad y candidez.

            Campanero arraigado al badajo de la de San José, la que vuela a la plazoleta de la iglesia. Creyente fervoroso, asistía a diario a los oficios religiosos. Su presencia sine qua non en procesiones, entierros, ánimas…, llevando el estandarte propio de la solemnidad, va a quedar en nosotros como placentera remembranza.

            El pasado lunes, 20 de julio, falleció José María; tenía 86 años, los últimos de ellos cautivo de la enfermedad y recluido en su casa debido al mal. Desde esta publicación queremos hacer llegar nuestro pésame a la familia y a aquellos que sin serlo le han tenido por tal. Descanse en paz, José María.

            No dejo pasar la anécdota que por el gracejo y ocurrencia de José María, dejará en nuestra memoria grata recordación.

            Viene su ocurrencia del tiempo en el que se pusieron de moda las chaquetas de hombre con una o dos aberturas en la parte posterior. Aquella moda llamó la atención de José María y cada vez que se cruzaba con alguien que vistiera una chaqueta con abertura en la parte posterior decía con cara de sorpresa, subiendo de forma extrema el arco de las cejas, y sonriendo:

  • Je, je, je… ¡Otro con la chaqueta rota ¡…

Francisco Coronado Molero

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Villacarrillo Costumbrista: La recolección de la aceituna (Homenaje a Paco Coronado)

Este relato, claramente idealizado, pretende rescatar del recuerdo la existencia secular arrastrada por generaciones de villacarrillenses, en un trabajo igualmente secular y atrasado, aferrado a técnicas antiguas e inmovilistas y a salarios exiguos. Aún faltan muchos años para que la sopladora, el vibrador y las mantillas hagan su aparición, y lo peor, para que aquel esfuerzo humano, para que aquella manera de vivir tan característica, comience a perderse en los recovecos de  la memoria.

            La madrugada es fría. En su oscuridad persistente, resalta el cielo guarnecido de luceros, grandes, brillantes, refulgentes con más intensidad por el frío de la noche. El viento cortante silabea frías palabras por las hendiduras de la ventana y pone de manifiesto la dureza del día que se avecina. Del alero del tejado que da al corral, se dejan caer una docena de arremocos, carámbanos perfilados formados al derretirse el colchón de nieve que días atrás ha dejado el temporal. El temporal interrumpió la recolección de la aceituna, iniciada al pasar el Día de la Madre, la Inmaculada. Los días más señalados de las Pascuas, Nochebuena y Navidad, debido al nevasco (sic), han servido de incipiente asueto.

                        Concluyó la cimienza (sic), avanzó el mes de noviembre y se dispuso la impedimenta propia de la inmediata cosecha. Se revisaron los mantones, descuidados por un año en la penumbra de las cámaras, por si hubiera que repasar su lona basta de algún desgarrón. También se revisan las espuertas y los capachos; el almaraz (sic), en varios viajes de ida y vuelta,  liga con fuertes hebras de esparto las sueltas tiras trenzadas. Se preparan las alargadas varas y se pasa la mano por su superficie rubia, suave, brillante. La zaranda se descolgó de la pared del tinado. La guía queda en prevención de ser solicitada por la autoridad rural.

            Año Viejo vendrá y no cesará el trabajo, ningún día festivo de las Pascuas será de holganza. La campaña no repara en días de recreo. Pero estos días navideños son singulares: mantecados, manchegos, borrachuelos, roscos de vino y de aguardiente, junto a otra caterva de dulces caseros, aparecen como ensalmo en las barjas (sic); la botella de aguardiente pasa de boca en boca y anima el inicio del trabajo matutino; los villancicos entonados entre los troncos de la oliva, por las voces vivas de las mujeres. Se comparten con cariño los puñados de caramelos, obsequiados en la noche de reyes.

No ha venido la claridad del día y ya es la calle un incesante trasiego: mujeres arrebujadas en el mantón de lana negro, ultiman la compra del vino, o de la media docena de sardinas tuertas o de unas jícaras de terroso chocolate, en el comercio de comestibles que abrió su puerta muy temprano. Fluye del interior de la tienda, hasta el último rincón de la calle, el dulce aroma que suelta el aguardiente que sirve el tendero, de una botella de vidrio tallado, en pequeñas copas panzudas depositadas sobre el mostrador. Es constante el paso de caballerías. Sobre la montura, a un lado, las varas parecen encaminar al animal sugiriéndole la dirección que ha de seguir; anudada a la albarda la barja y el fardel que contiene el pan, constituyendo la única carga. Detrás, avanza otro animal con la levedad de los capachos vacíos sobrepuestos sobre su lomo. Hombres que se detienen para liar el primer cigarrillo de la mañana y encenderlo con la lumbre prendida en la yesca. Voces de premura, gritos de olvido o de espera, se mezclan en un inicio prematuro del día. Barullo que, a poco, se difuminará, dejando caer un manto de quietud y de silencio. Calma rota cuando la campana de la torre parroquial señale el comienzo de la jornada escolar y la chiquillería ocupe la calle por unos momentos camino de las cercanas escuelas.

Apenas serán perceptibles los caminos cuando las cuadrillas los transiten. La lejanía de las fincas y la andadura a pie, obliga necesariamente a iniciar la marcha muy temprano. En el olivar, la calidez de una presurosa luminaria palia el frío matinal y entre los ardores de sus ascuas incandescentes, se asa un lienzo de tocino o un trozo de longaniza envuelto en basto papel de estraza empapado en vino. Apenas el sol asoma, comienza la penosa tarea. Las varas sacuden con fuerza los ramos dormidos de los olivos; por encima de sus copas vienen y van en un baile constante. Las mujeres, arrodilladas, aguantan, impasibles bajo los ramos, el frío que les muerde los pies, que les atenaza las manos; frío que, de cuando en cuando, las mueve a arrimarse a la adormecida lumbre para recuperar la maña perdida, anhelando que se levante el sol y funda el escarchazo (sic) que ha dejado la noche.

Las aceitunas prendidas de las copas, de los costados y de los haldares (sic) de la oliva, caen sobre los mantones extendidos bajo los ramos. Al quedar la oliva despojada de fruto, brazos hábiles sacan el mantón a la camada y quitan los ramos tronchados. Desde el mantón cae la mixtura en enormes espuertas que son trasladadas a hombros de recios mocetones, hasta el lugar en el que se encuentra la zaranda. Rula el conglomerado sobre la inclinada superficie de alambre del apero, las aceitunas saltan haciendo pequeñas cabriolas hasta llegar a la espuerta que le espera al final del declive. Brillantes, jugosas y limpias colman los capachos hasta quedar henchidos. Las hojas forman un esponjoso rimero bajo  la criba.

            Las bestias están preparadas. Cargadas con los capachos rebosantes de fruto, enfilan parsimoniosas el camino hacia el molino. Con el paso de la reata irán quedando atrás angostos vallejos, pequeños royos (sic) de agua clara dejada por las últimas lluvias, empinadas cuestas, desiguales caminos hollados por cientos de herraduras al paso de ida y de vuelta.

            Cuando la recua llega al patio del molino, queda absorbida por una multitud de caballerías que aguardan para pesar la carga y entregarla a la molienda. De cuatro en cuatro quedan los capachos sobre la báscula y cuando el fiel se equilibra y se anota en un vale el peso de la partida, los serranos, empleados en el patio del molino, cargan sobre sus hombros los capachos y vierten su contenido en los trojes.

Espera la aceituna entrojada el final primordial de todo el proceso: la consecución de una grasa líquida de color amarillo verdoso, a la que los árabes conocían con el nombre de az-zait, el jugo de la oliva, cuya industria y consumo es fundamento de nuestra cultura.

            Desde el patio se escucha amortiguado el giro veloz de las muelas de piedra silícea sobre la solera. Al abrir la puerta de la almazara una multitud de sensaciones llegan hasta nuestros sentidos inmediata y simultáneamente, cualquiera de ellas pudiera ser la primera: la vaharada de calor que produce la excesiva temperatura que reina allí y aleja el frío prendido del exterior; el olor dulzón del jugo de las aceitunas recién prensadas, el del primer aceite joven, recién nacido; el ruido imposible que producen los rulos de piedra en su viaje circular; la oscuridad que ciega los ojos hasta que se habitúan a la luz amarillenta de la precaria iluminación que emana de varias bombillas; un trozo de pan, tostado entre las ascuas de la refulgente lumbre, empapado en las delicias del aceite recién alumbrado, culmina el apacible cúmulo de cautivadoras impresiones.

            Al lado del molino de rulos, varios operarios sirviéndose de cubetas, vierten sobre capachos de esparto circulares, colocados sobre una vagoneta, la pasta que recogen del alfarje o piedra baja del molino y la vierten entre capachos hasta que el pilar queda completado. Una prensa gigantesca comprime la columna oleica. Y así comienza a producirse el nacimiento del aceite; una catarata de grasa brota y se despeña entre el esparto que, ante tamaño aplastamiento, deja escapar el alma líquida y reserva la materia sólida del fruto. Ese primer aceite es el más apreciado. Debidamente canalizado, va decantándose sucesivamente, deshaciéndose de impurezas. Queda atrás un residuo sólido, el orujo y un residuo líquido oscuro y fétido que recibe el nombre de alpechín. El orujo, desecado y sin humedad alguna, queda amontonado en el patio del molino, formando una montaña retinta, una segunda utilización lo convertía en poderoso combustible. Los trozos de las enormes tortas onduladas, producto significado como “la jipia”, servían a los chavales de arma arrojadiza en los juegos callejeros.

            En el campo, en el olivar, el aperaor (sic) levanta el brazo en dirección a poniente, por donde se va el sol, y sobre la raya que perfila el horizonte vuelca tres dedos de su mano, esperando que el astro roce aquel que quedó en la parte superior, indicativo que quedan tres cuartos de hora para que se pierda tras el horizonte. Cuando así ocurre manda recoger los mantones: la jornada ha concluido. Será noche cerrada cuando lleguen las últimas cuadrillas a los muros del pueblo. Las mujeres comenzarán otra jornada: disponer la cena, una vuelta a las ropas, acudir a la fuente más cercana para llenar el cántaro del agua, la compra … El varón refresca su rostro con unos manotazos de agua y se acerca hasta la taberna más inmediata a quemar, entre vasos de vino blanco y platillos de garbanzos salados, el tiempo que resta a la cena.

            Si la lluvia cae, persiste y hace impracticable la recogida a la voz del aperaor “Recoger y al pueblo” le sigue una barahúnda en la que cada cual conoce su cometido. Se obra con prontitud para evitar que los caminos queden intransitables y hagan más difícil el regreso. Pese a ello la vuelta es infernal: el agua que cala hasta los huesos; el frío aguarda que se disipe el calor provocado por la celeridad, para dar su tarascada; el barro que detiene el paso y deja al cuerpo a merced de los dos anteriores, o deja inmóvil a la bestia, atascada en el ahogaero (sic). Qué desacierto, aunque eximido por la inocencia, cuando regresaban las cuadrillas en una jornada interrumpida por la lluvia y los pequeños, desde cualquier esquina, les cantábamos:  “Aceituneros del pío, pío / cuántos capachos habéis cogío / capacho y medio porque ha llovío… “. La ropa, harta de agua, queda extendida en los espaldares de varias sillas alrededor de la chimenea y allí la exhala convertida en precipitadas nubes de vapor, al calor reconfortante de la leña seca, que crepita quejumbrosa al consumirse  en la lumbre.

            Avanza la campaña de recogida, llega dinero nuevo a cuenta del trabajo realizado. Con ese primer estipendio, quedan liquidados “los apuntes” de la tienda de comestibles. Y cuando acuden al pueblo los cantaores, pues se va a ver  el espectáculo que trae lo más puntero del panorama musical y teatral. Las compañías de Antonio Molina, Rafael Farina, Juanito Valderrama, La Niña de la Puebla” … con graciosos calicatos (sic) y algunas que otras señoras espectaculares, de liviana vestimenta.

            Pone fin a los días de recolección un acto de regocijo, por más relajado y fraternal, que en algunas ocasiones cuenta con la participación de “el amo”, que correrá con los gastos que pudiera ocasionar la botijuela, pues así se conoce por aquí esta celebración. Varias mujeres preparan la comida fuerte, generalmente arroz, que a medida que avanza la mañana hierve bullicioso entre gorgoritos. Las brasas reciben las chichas (sic) de la matanza del cerdo o de algún borrego tierno; en un lebrillo se elabora la cuerva, bebida esencial en estas celebraciones; circula la bota colmada de vino dulce, que deja en la barbilla y pechera de los inexpertos la impronta de su contenido. Caras enrojecidas revelan claramente la chispa que pone la bebida; a un paso estalla la desinhibición que da pie a alguno de los hombres para vestirse con una de las largas faldas de las féminas y con un poco de acicalamiento, adopta el travestido el porte amanerado de una señora; o el que con el tizne que desprende un tizón, se embadurna el rostro y con aire farandulero, se pasea por doquier con ademanes ampulosos; otro se arranca por aires flamencos imitando al mejor artista; le sigue la muchacha que desgrana una conocida tonadilla y la mujer ya mayor, que canta y recita la relación amorosa de dos jóvenes enamorados, recogida en un viejo cantar de antaño, hoy perdido.

            La fiesta continúa hasta que el sol comienza a bajar buscando el confín. Todo queda recogido. La soledad y la quietud envuelven al olivar, únicamente permanece la fogata que ha levantado la quema de la última pava (sic). De regreso al pueblo una mirada atrás, descubre el mar verde de olivos, plácido como una mujer puérpera, cubierto por un sedoso velo blanco, sutil, translúcido, soltado desde el cielo, esbozado con la pálida luminosidad de los últimos rayos de sol.

Francisco Coronado Molero

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Villacarrillo Costumbrista: Los cartilleros (artículo del año 2012)

– ¡Vamos María!- vocea el cartillero tras golpear la madera de la puerta con una de las palomillas que aprietan el libro de cartilla.

– ¡Voooy!- contesta aquella, con conocimiento certero de quién llama a su puerta.

– Simón, ponme dos sellos hoy- y alarga dos monedas de cinco pesetas, dos duros; el cartillero anota a lápiz el día de la fecha en dos casillas del grueso libro contable.

– Venga, hasta mañana- se despide de la clienta y cierra el libro; como referencia, deja atravesado el lápiz en la última puesta.  

Camina por el acerado hasta el domicilio de la próxima parroquiana, sobre el hombro izquierdo lleva ahormada una pila de toallas y sábanas de variados diseños; de la mano derecha y sostenido por una cuerda, carga con un barreño mediano que contiene piezas de porcelana y loza que, al igual que los lienzos, ofrece a la clientela.

Al paso saluda a la abuela Conce, la mujer de Carrique que, sentada a la sombra, apura las pipas secas de melón que tiene extendidas sobre el halda.

Mientras recorre la calle ve venir, desde las Cuatro Esquinas, la enjuta figura de Luis, el cuñado de la Pura la del Callejón. A Luis no le gusta que los chiquillos nos metamos con él; cuando queremos que se irrite le voceamos: ¡Luis con la gorra llena grillos!, y nos persigue un buen rato, pese a su edad, durante el que adjudica a nuestras familias una serie de calificativos de poco brillo.

-¿Has visto a Diego, el campanero?- le pregunta a Simón con sus medias palabras.

-Luis, ahí enfrente vive; en la casa de López y la Dolores– y añade: ¿Pero pa qué quieres al campanero?

-Es que está noche me muero, me muero esta noche- responde vehemente- y quiero que me toque la agonía.

Raudo, se va hasta la puerta de López; la aldabea impaciente mientras grita llamando al campanero.

Simón deja a Luis en su desatino y se acerca a lo de la Alfonsa, la mujer de Cristóbal, el Rabadán. Antes de llegar a la casa, le llega el efluvio de tabaco verde que lía Cristóbal, sentando en el escalón de la puerta.

-¡Cristóbal, nos vas a envenenar!, fuma siquiera cuarterones- le reprende Simón sonriente y se ventila con la mano el rostro a modo de abanico.

-¡Eeeh, Simón!– le contesta Cristóbal, mientras guarda en el bolsillo del chaleco los chisques de yesca que ha utilizado para encender la gruesa tranca-. ¡No veas!, esto esta bueno hombre, y además no me cuesta na, na más que la yesca y el papel; ahí en el corral tengo docena y media de matas- le puntualiza, mientras da una voz a la Alfonsa para que salga a ponerle.

En el portal de la casa, un zapatero remendón, Juan, el hijo de Cristóbal, da brillo a unos femeninos zapatos de charol, tras la compostura del tacón tronchado.

Sigue Simón hasta la calle de Antón Pérez; reanuda el cobro, repitiendo una vez y otra, un día con otro, el fundamento de un sistema de venta innovador en Villacarrillo desde el primer día en el que un comerciante ubetense se decidió a implantarlo en nuestro pueblo.

La relación comercial entre La Cartilla y el público ha consistido, de forma general, en que la clienta retiraba del establecimiento el género que necesitaba: tejidos, ropa, sábanas, cubertería de alpaca El Gallo, loza, porcelana… El pago se hacía en forma fraccionada de pagos fijos de pequeña cuantía. Los empleados del establecimiento acudían diariamente hasta el domicilio de la clienta para cobrar la cantidad convenida; para ello cada empleado disponía de un grueso libro registro, aunque de tamaño manejable, en el que se anotaba la postura o sello. Centenares de hojas engrosaban el libro de cartilla. Estas hojas o fichas contenían un formulario con distintos apartados, en ellos quedaba reflejado el nombre y dirección de la cliente, la fracción dineraria convenida y una extensa cuadrícula en la que se apuntaba el día a día del pago. En el reverso, en blanco, quedaba constancia del género retirado.

“La tienda de La Cartilla” como se ha conocido este establecimiento desde su apertura, se abrió en Villacarrillo en el año 1950. Era su propietario JUAN RODRIGUEZ MARTÍNEZ, nacido en Úbeda en el año 1913. Desde muy joven tuvo por medio de vida el comercio: la recova, recorriendo los cortijos en una bicicleta (la palabra recova tiene su origen en el término árabe recua), por caminos intransitables, eludiendo la vigilancia de la Fiscalía de Tasas; de no haber dinero, cambiaba el género por producto de alimentación, como huevos, carne, hortalizas, etc.; abrió comercios de cartilla en Torreperogil y Torreblascopedro y a primeros de los cincuenta su vista comercial le determinó a establecerse en Villacarrillo.

Juan Rodríguez Martínez

El comercio que Juan abre en nuestro pueblo estuvo situado en la Plazoleta de Carbonell, frente al bar Puerta del Sol; al local se accedía tras bajar varias escaleras. El sistema de venta que empleó el comerciante, que ya le dio buen resultado en otros pueblos, fue el de cartilla en la forma que he reflejado con anterioridad. Por entonces, Juan dejaba a un encargado en dicho comercio: un vecino de Villacarrillo llamado Agustín Monsálvez, natural de Sabiote; al tener que atender los comercios mencionados, venía una vez en semana para “echarse un ojo” al negocio. En aquellas fechas sólo vendía en el comercio.

El día que emprendió la venta por cartilla salieron Agustín y él. Comenzaron en el inicio de la calle Ramón y Cajal, justo frente a la tienda. Tal fue el éxito que, a mitad de la citada calle, tuvieron que volver para aprovisionarse de más género. Este resultado, determinó a Juan a emplear más personal, por lo que sucesivamente entraron Antonio y Francisco Garvín Martínez, conocidos por los “Jereños”. El negocio fue hacia arriba y a mediados de aquella década trasladó el comercio a la calle del Carmen.

En el año 1958 se agregan al personal José Sánchez de la Cruz, conocido por “Chaparro” y José Vargas “Peseta”. Ese mismo año llegó, como meritorio, Simón Rodríguez Toral, hijo de Juan: contaba con catorce años y venía con pantalón corto; el chaval igual atendía al público que acompañaba a los empleados a cobrar; al poco tiempo, tuvo su propio “libro de cartilla”. Aclaro que cada uno de estos libros correspondía a un distrito determinado de Villacarrillo y estaba a cargo de un empleado.

En los primeros años en la calle Carmen, padre e hijo venían los lunes desde Úbeda en una moto: el padre conducía y el hijo, tras él, sujetaba los paquetes de los encargos; pasaban la semana en el negocio y dormían en una estancia del comercio; el sábado regresaban a aquella población. En invierno tal era el frío que Simón pasaba sobre la moto, que tenía que ponerse, sobre el pantalón de vestir, un vaquero negro varias tallas superior.

Con el tiempo Juan adquiere un seiscientos y al licenciarse Simón del servicio militar, regresan a Úbeda una vez concluida la jornada. Desde entonces miles y miles de kilómetros (ellos me aseguran que un millón largo). El vehículo seiscientos quedaba aparcado en la cochera de D. Leopoldón, que generosamente se la cedía gratis. La comida la negociaban en la tienda de Marcelo, situada en la misma calle, y la aviaban en la trastienda.

En los primeros meses de 1968 se incorporó al negocio Juanito, el otro hijo varón de Juan. Juanito, con el tiempo, recoge el libro de Simón y éste se queda con el libro que trabajaba Chaparro, al haber dejado éste el empleo; quedaba pues el negocio con Juan el padre en la tienda, como venía haciéndolo, y los hermanos Jereños junto a Juanito y Simón cobrando en la calle. Durante varios años compartió Juanito su trabajo de cartillero con el de jugador de fútbol en el C.F. Úbeda, club en el que desempeñó una brillante carrera deportiva.

Llega el año 1978 y Juan se jubila. El negocio se traslada a la calle Goya, entonces Capitán Cortés. Siguió el sistema de cartilla durante la década siguiente y a finales de la misma, deciden reestructurar el negocio al jubilarse los hermanos “jereños” Antonio y Francisco. Ya sin empleados, Juan y Simón se turnan en el cobro a domicilio, ahora de forma semanal.

El establecimiento de la calle Sor Ángela de la Cruz se abrió en el año 1992. El sistema de cartilla se conserva, pero se modifica la forma de cobro: es la clienta la que de forma periódica acudirá al comercio para efectuar el pago aplazado. Este traslado y el novedoso sistema de cobro fue un completo éxito. Con el cambio se incorpora a la plantilla Juanjo, hijo de Simón: la tercera generación de estos comerciantes en Villacarrillo. Simón se jubila en el año 2009.

Aparte de la actividad propia del negocio, ¿Quién no ha solicitado el favor de esta familia?: recógeme el DNI, las muletas, las plantillas, “tráeme los pantalones que compré en Berlanga, que los he dejado allí pa que les metan” (si bien ellos los tenían en su comercio).

Es una vida de entrega y de favores la que ha tenido esta familia de cartilleros con Villacarrillo. Justo es decir que por encima de la relación comercial con sus vecinos, prevaleció y prevalece un vínculo de amistad y familiaridad.

– ¡Vamos María!- vocea el cartillero tras golpear la madera de la puerta con una de las palomillas que aprietan el libro de cartilla.

Un chavalote menudo se asoma a la puerta y le espeta al cartillero:

  • ¡Que dice mi mama que no está!

Francisco Coronado Molero

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VILLACARRILLO COSTUMBRISTA: La escuela graduada para niñas (Homenaje a Paco Coronado)

Fachada Grupo Escolar año 1960

El tiempo se derrama pausadamente. Relumbra el sol del mes mariano. Tiempo y estrella vadean el mediodía. Aviso certero de la campana cercana que anuncia el ángelus. En la escuela la clase se detiene. Modifica su pulso por unos minutos y retorna a su ser. Las escolares vuelven a los cuadernos de muestra, al recitativo de las tablas aritméticas, a la composición de vocal y consonante, a la lectura en voz alta de un texto que la maestra le encamina con un lápiz bicolor.

Maestras de los años 50

El toque matinal del campanario de la iglesia parroquial, señala la hora de entrada a la escuela. Bulle a la puerta, en movimiento acelerado, ruidoso y desordenado, un magma blanco que no termina; de las calles cercanas llega el flujo de varios hilillos que mantiene estable la aglomeración. En una vista cenital veríamos bandadas de mariposas blancas, embarcadas en un remolino en evanescencia, corriendo por desfiladeros de aguas rápidas: homogéneas formaciones de chavalas de singular uniforme blanco. Fluyen de los cuatro puntos cardinales: las barriadas de las afueras, el Barrio, la Redonda, las Pilas …; progresan coligiéndose con las que bajan del Cerro del Águila, de la Fuente de las Monjas, Carretera, Paseo… hasta desaparecer en el interior de la: Escuela Graduada de Niñas.

Tuvo la propiedad del edificio María Luz Mora López, descendiente de quien fuera alcalde de Villacarrillo en las postrimerías del s. XIX Fernando Mora Orozco. Esta señora matrimonió con el médico Joaquín Arboledas Escribano e hicieron del edificio su domicilio; el inmueble se prolongaba a su espalda hasta la calle del Carmen, a la que se podía salir por un postigo. María Luz Mora cedió el edificio al Ayuntamiento de Villacarrillo en 1943, no obstante desde varios años atrás ya venía destinado a escuela para niñas. Concluían los años cincuenta y el edificio, tras una formidable actuación estructural, se transforma en el Grupo Escolar de Niñas que hemos conocido. Amplio, luminoso, idóneo para escolarizar a la población de alumnas que, por aquellos años, comenzaba a crecer. En tanto se llevaba a cabo la obra, las escolares ocuparon algunas dependencias de la Casa Parroquial en la Plazoleta de la Iglesia: la casa del cura.

Inauguración del Grupo Escolar en los años 50

Varias acacias camuflan la fachada; la caduquez otoñal descubrirá su simetría y la sobriedad de los cinco balcones de madera, pintados de color marrón, abiertos en ella. Es amplio el vano de la entrada al colegio, una de sus puertas permanecen siempre cerrada y luce cada una un aldabón dorado de sorprendente llamada; un zaguán menudo y otra puerta algo más estrecha, rematada por un vitral semicircular, compuesto de vidrios triangulares unidos por varillas de plomo, nos adentran al colegio.

Las educandas irrumpen presurosas, determinadas a gozar de unos minutos de recreo en los patios. Las pequeñas en el “patio chico”, vigiladas por un grupo de maestras en corro coloquial. Recibe el patio las vistas de dos aulas o clases del primer piso; una escalera de obra lleva a ellas. A la derecha, un porche desapacible recoge desechos de madera de pupitres, también los bidones en los que se almacena la carbonilla, con la que se “echan los braseros” y, en un rincón, un montón de serrín que se utiliza en la limpieza de los suelos. Una puerta, en este sombrío lugar, comunica con la calle del Carmen; en medio quedan las dependencias de la Parada de Sementales del Estado. También la clase de la señorita Pilar se asoma al patio del que toma luz, su docencia se encarga del aprendizaje de las párvulas más pequeñas. Justo al lado se encuentra el pozo que surte de agua al edificio; la puerta que resguarda su luz es de madera y no encaja bien; un cubo de goma ensogado sube el agua al quejido de la carrucha. Cuando se abrió el comedor escolar, a mediados de la década de los años sesenta, se ubicó en una dependencia de este patio; se encargaban de la gestión, en un principio, Dº Mariano, maestro del Grupo Escolar de Niños; años más tarde sería otro maestro, Dº Juan Serrano, el encargado. Dos cocineras, Dolores y María, preparan los menús que diariamente toman las chavalas.

El repique de una campanilla marca el principio y término de la hora del recreo y también la instrucción matinal y de tarde. Esta labor corre a cargo de María Fernández, “María, la de las escuelas”. Con aire resuelto, su figura menuda recorre los pasillos para dar el aviso. María fue nombrada portera del Grupo Escolar de Niñas en abril de 1940, con derecho a vivienda. Durante el día ocupa las dependencias de la portería, a la izquierda de la entrada al “patio chico”. Su vivienda se encuentra en el último piso: una cocina con chimenea al frente y los dormitorios; estas dependencias se asoman al patio por unos ventanales resguardados por listones de madera.

María «la de las escuelas»

Desde el patio también se accede a las galerías en las que se ubican las clases. A la izquierda del pasillo, los aseos de las colegialas: unos menudos retretes, instalados en varias dependencias separadas. En esta galería tienen la puerta de entrada dos enormes aulas y al final otra puerta da acceso a la galería desde el portal, enfrente tiene la directora, Dª Pepita, su despacho. Un corredor conduce al “patio grande” si bien antes deja a su derecha la clase de Dª Sacramento y los aseos de las maestras. El patio recibe los ventanales de las aulas. Coincidiendo con el recreo, se nutre a las estudiantes con un vaso de leche en polvo. Al llegar la hora se forma con ese propósito, junto a la dependencia en la que se prepara el alimento, una fila bulliciosa y bullanguera de chavalas con un vaso en el que se escanciará la leche; algunas golosas se traen de casa varios terrones de azúcar liados en un papelito. La leche en polvo llega en una voluminosa bolsa de plástico recio dentro de unos bidones de cartón fuerte de gran tamaño. El Servicio Escolar de Alimentación de la Provincia se encargaba de la distribución de la asignación del producto a los distintos centros escolares. Para retirar la asignación, el ayuntamiento designaba un encargado que, con la debida autorización de la Junta Municipal de Enseñanza Primaria, acudía a la delegación del servicio en Jaén, para retirar la asignación. Eran de cuenta del ayuntamiento los gastos de descarga, embalaje, almacenaje y envasado; generalmente cincuenta céntimos por kilo de leche en polvo.

María, la portera, se asoma al patio grande y hace repicar la campanilla, su son detiene los juegos de las alumnas que abandonan el recinto en desbandada y retornan a las clases. Algunas a la inmediata de Dª Sacramento, a la de Dª Matilde …; otras, la mayoría, toman las empinadas escaleras y se distribuyen en las cinco aulas del piso superior: de Dª Carmela Sanjuán,  de Dª Carmen Magaña, más tarde de Dª Mari Carmen Pastor, la de Dª Pepita…Dos de estas aulas dan a la calle; disfrutan por ello de claridad agradable durante la estación invernal, al albur de la decadente caducidad de las hojas de las acacias; su hojarasca seca se deposita en el suelo al arbitrio de la lluvia y del viento.

El patio grande

El segundo piso lo ocupan las cámaras, que dan a la calle, y la vivienda de María. Desde un rellano, que cede su frente a un espacioso ventanal, al final de la escalera principal, se sube a aquel piso. Tiene este rellano dos barandillas, que protegen de caídas, adornadas cada una, en su vértice, de un pomo dorado, remedando púlpitos eclesiales.

En el tránsito hacia el piso superior, quedan las clases que dan al patio chico. Las escaleras arrancan a la izquierda, guardadas por una barandilla de obra, y se curvan a la mitad impidiendo discernir el lugar al que conducen. Aunque ansiado por descubrir, está vetado a las colegialas: una mano negra se cobija en las cámaras; patraña que pone freno al curioso anhelo. Como señalé, en este piso, a la izquierda del pasillo, se encuentra la vivienda de la portera y siguiendo más adelante, tras varios peldaños, se asientan las cámaras del edificio: recurrente almacén de tochos de papel, expedientes archivados y un sinnúmero más que considerable de cachivaches.

Quien escribe hace lo que escribe sin atender a voces ajenas ni a imaginaciones propias; es fruto del legítimo conocimiento físico y temporal del que lo cuenta.

Del edificio escudriñé hasta los rincones más insólitos; presencié entradas y salidas de clase, recreos, el reparto de la leche en polvo, la hechura y disposición de los braseros de carbonilla en la tarima, bajo la mesa de la maestra; la exhaustiva limpieza y el blanqueo de las dependencias durante el mes de agosto, que llevaba a varios empleados del ayuntamiento a recorrer patios, pasillos y aulas, resguardados por la ropa más dispar pero efectiva, del peligro caustico de la cal contenida en un bidón cargado sobre una ruidosa carretilla, para revertir de limpieza blanca e higiénica las instalaciones; finalizada, queda un húmedo olor a serrín, a cal y a la lejía empleada al fregar los pupitres; la celebración anual que reunía a los maestros y maestras de los colegios de la población en una confraternal comida, para la que se habilitaba un salón de la planta baja, generalmente el de Dª Sacramento; la sobremesa incluía una justa poética, de la que era paladín Dº León Palomares; el convite de bodas celebrado en el “patio grande”, en noches veraniegas; confirmaciones, comuniones, el apostolado de los misioneros que de cuando en cuando llegaban a Villacarrillo y su catequesis dirigida a los educandos.

En cuanto a las personas conocí a maestras: Dª Pepita, por más vivía junto a mi casa, Dª Sacramento, Dª Carmela Sanjuan, Dª Carmen Magaña, Dª Pilar, Dª Matilde, Dª María Marín, Dª Mari Carmen Pastor … Conocí a María, la portera, Dolores conocida por Chocolatera, cocinera del comedor; viví con Paca, la Buempasa, tía carnal del que escribe, era la limpiadora y mi madre, María Molero, fue cocinera y limpiadora.

Señoras maestras en los años 60
Señoras maestras en los años 70

Un exhaustivo ejercicio memorístico y el bagaje afectivo que quedó adherido a mi sentimiento como piel, pudieran dar lugar a desvelar el lienzo y quede al descubierto la pasión del ánimo que, el que escribe, ha vertido sobre papel al expresar su vivencia y también las de colegialas de mandilón blanco, acuciadas por el campanario de las tres de la tarde, apretando en la mano un prieto ramo de rosas de mayo.

Francisco Coronado Molero

Imagen

«La Taberna de Mateo». Villacarrillo Costumbrista (2013) con Paco Coronado (Homenaje)

Mateo Ruiz Quesada (Archivo familiar)

             

Limpio, claro y transparente. Sin madre que le enturbie. Al socaire de la claridad; consciente de su modesta cuna manchega, reposa el vino en la cuba, entre la pared curva que forman las duelas de madera, abrazadas por aros paralelos de metal.

Un tapón de corcho perfectamente embutido en la tabla, preserva la integridad del vino en su manejo y transporte desde la bodega; su extracción no es compleja, la acción horadante de un berbiquí permite que quede el grifo embocado. De esta forma se gobierna el escanciado del vino en jarras y botellas. Otrora, una goma introducida en la cuba, por la misma abertura, extraía por “succión” el manchego caldo hasta la botella, la jarra o la garrafa.

            El mostrador se encuadra a lo largo del local; la pintura marrón oscura, descascarillada a roales (sic),  que recubre la madera de la que se fabricó, deja entrever las tablas originales y muestra las huellas circulares dejadas por los últimos recipientes. Ocupan el local una docena de mesas de madera, alargadas, contoneadas por cuatro o cinco sillas de culo echado de enea.

Publicidad en el programa de Feria de 1948

En unas estanterías minimalistas están colocadas varias botellas de licor y las jarras de barro en las que se trasiega el vino: un litro por jarra; existe otra de capacidad extraordinaria, para remates extraordinarios: el sobrero.

            Aprovecha la esquina del local un habitáculo sin techo: el servicio; sólo aguas menores. Completa el cuadrángulo de este apartado una enteca puerta de acceso al interior, que queda a resguardo de la curiosidad y en salvaguarda del decoro; una superficie a ras de suelo ofrece un agujero minal por el que se evacúa el producto de la micción. Al estar a techo descubierto revela, inevitablemente, sonora y olfativamente, su uso: .- Al que se salga fuera, aquí está el martillo, – prevenía Mateo al usuario del servicio.

Aquí estuvo la taberna de Mateo. Fotografía al día de hoy. Archivo del autor.

            Las dos fachadas que abrigan las puertas de entrada a la taberna de Mateo, conforman una perspectiva que tiene su origen en la arista de la esquina; por un lado la calle pendiente del Capitán Cortés, por el otro la adoquinada del Carmen. Durante el buen tiempo las puertas permanecen abiertas; unas cortinas de tela o de palillos, facilitan el paso de aire y estorban a las moscas. Cuando llega el invierno ocupan los vanos unos cierres acristalados que preservan del frío y dan claridad al local por los cuarterones acristalados que los parten en dos. En los días lluviosos se cubre el suelo del local con una vasta capa de serrín, en el ánimo de absorber el agua que la lluvia deja en los zapatos y paraguas de la clientela.

El aroma del vino, indeleble, prendida tácitamente en las cuatro paredes, singulariza el carácter del local. Botellas rizadas de medio litro, de las que contuvieron aguardiente, reparten el vino en terciados vasetes (sic) troncocónicos. Las tapas que acompañan a la liga se componen, básicamente, de garbanzos tostados, reposados en platillos ovalados como pedriza recién caída; salobres tacos, raspa y piel de bacalao o boquerones en vinagre vestidos de perejil y ajo, aliñados por Catalina, la esposa de Mateo. Hay ocasiones en las que alguno de los parroquianos se acerca a la inmediata tienda de Marcelo, junto a la Parada, y se trae media docena de civiles (sardinas tuertas), o unos tomates o pepinos que hacen, en este caso, más placentera la liga del mediodía veraniego.

            El humo ennegrecido que suelta el tubo de escape del camión, oscurece el entorno conforme desciende,  marcha atrás, desde la calle Alta hasta queda detenido junto a la entrada al puesto. Varios hombres bajan de la cabina, abaten la trasera del cajón y retiran la lona ennegrecida que lo cubre; queda al descubierto la carga: un considerable número de cubas, llenas y vacías, según vaya el reparto por los distintos pueblos. Del interior del cajón arrastran dos largos maderos que quedan ajustados a la trasera, procurando que guarden entre si la distancia ideal para que las cubas desciendan acertadamente hasta el firme de la calle, en donde quedan apoyados los palos; conjugan suelo, trasera y palos, un perfecto triángulo rectángulo. Las cubas se abaten hasta quedar horizontales en el filo del cajón y se avolean (sic) lentamente. Los empleados de la bodega domeñan el empuje de la cuba: la rulan y controlan por sus extremos hasta que su panza toca el suelo. Diestramente, haciendo que se desplace en un punto único, generan un movimiento giratorio sobre el barril, y otro movimiento de desplazamiento, que lo lleva a reposar en su destino definitivo en el interior de la taberna. Otra cuba contiene vinagre que se despacha a granel.

Mateo Ruiz Quesada, el tabernero de la calle del Carmen, nació en Villacarrillo el día 20 de diciembre de mil novecientos dos. Hijo de José Ruiz y de Manuela Quesada. Su esposa fue Catalina García: la afabilidad. Sus hijos: Manuela, Rafi, Catalina y Pepe.  Recién casados tuvo el matrimonio un negocio de comestibles en la calle San Rafael, en la casa en la que más tarde vivió el pintor José Díaz, el Calé. El vino que despachaba, de La Mancha, se lo servía la bodega de Dimas Martín Trujillo.

Hubo entre Mateo y mi padre, Rafael Coronado, una gran amistad. Amistad aún más fortalecida al abrir aquel la taberna de la calle del Carmen, a escasos metros de mi casa, en el año mil novecientos cuarenta y cuatro. El local formaba parte de la vivienda de don Jesús Jiménez, el maestro; el arrendamiento duró hasta el año mil novecientos sesenta y siete, fecha en que a Mateo le llegó la jubilación.  El vino que se vendía en la taberna de la calle del Carmen, también manchego, procedía de los Hermanos Muñoz y era tal la exquisita referencia que tenían de nuestro hombre, que cobraban el género una vez se había vendido la totalidad del pedido; Mateo lo mantuvo a la venta hasta su jubilación.

Publicidad en el programa de Feria de 1945

De niño, tuve con la familia un trato muy cercano: para mí era “el chache Mateo”; estuvimos convidados en los matrimonios de sus hijos, las celebraciones se hacían por entonces en los salones de Quevedo y en “La Pista”, local situado en la calle Gómez de Llano; en Reyes, siempre hubo un regalo para mí; para la matanza llevaba “el presente” a la casa de la calle Navas. El presente era básicamente un plato de ajo brollo; para ellos era algo más que esto: picadillo de chorizo, de longaniza, de morcilla blanca y un buen trozo de lomo, diferenciados en platos apilados, separados por otros colocados boca abajo, depositados prudentemente en un holgado esportón; la propina era generosa también.

Cuando caía el frío Mateo se acercaba a mi casa a primera hora; sujeto por las asas llevaba el brasero con el que pretendía caldear el local: – ¡Rafa, cómo estás de ascuas!. En la chimenea se consumían palos y troncos de madera de oliva trazados en la poda. Mi padre llenaba el brasero con varias badiladas de brasas; seguidamente conversaban al reverbero de la lumbre y entibiaban las manos extendiéndolas sobre esta. El agua, empleada en la limpieza y en el enjuague del vidriado, la cogía de los cántaros basados en una cantarera, esquinada en el portal de mi casa; todavía no era realidad el agua corriente en los hogares de Villacarrillo.

Parroquianos, entre otros de izquierda a derecha: Rafael Coronado, Juan Parral, sobre una cuba Mateo, el guardia civil Francisco López; el escanciador es Juan de la Paz. Taberna de Mateo, 6 de abril de 1953. Archivo Fco. López.

El humo del tabaco, como una sutil gasa, envuelve a los parroquianos. Razonan, peroran, rajan, chismean; la vehemencia de sus confundidos discursos transciende al exterior sin que se discierna la trama de los diálogos. Las mesas reúnen en su entorno a las diferentes ligas: José María, el Gordo Alamea, y Diego, el campanero; aquél fija su doctrinario: – Diego, el vaso ni lleno ni vacío. Razonamiento que obliga a Diego a estar, como el otro, a carga y descarga; junto a ellos, el habitual grupo de hombres, que acaban de llegar del campo, cuelgan las barjas en la silla y principian la que es su liga habitual; alguno deja el mulo atado a la reja, mientras comparte las medias de vino; Manuel Bustos, el empleado del Ayuntamiento, lee un periódico sobre el mostrador, tras unas pequeñas gafas que se escurren por su nariz. De antiguo tiene la parroquia fieles clientes: Juan Parral, Rafael Coronado, Francisco López, Juan de la Paz, los hermanos Cuevas, el Calé,  … ; el propio Mateo también comparte estas ligas; la clientela es numerosa, la calidad del vino es muy apreciada.

            Con insistencia, una garrota golpea la puerta y se escucha la cantinela habitual:  

          – Los iguales para hoy, los iguales para hoy- con precaución entra Luis, Luis Jódar, el ciego de los iguales. Oculta los ojos tras unas gafas oscuras; una enorme boina, a medida, cubre su cabeza; la cara enrojecida, está salpicada por cuantiosas pupas.

– Vamos señores, vendo iguales. Por una peseta doscientas cincuenta.

            Tantea el espacio hasta llegar a la mesa que ocupa habitualmente:

            – ¿Hay alguien?- sin respuesta, deja caer el enorme corpachón sobre la silla y coloca la garrota entre sus piernas.

          – Buenas a la parroquia, alguien quiere ciegos, por una peseta cincuenta duros, para hoy…- Mateo le sirve un vasete; sorbe y paladea el vino, y lleva el pulgar y anular de la mano hasta la comisura de los labios, en un acto habitual que la conciencia no percibe.

          – ¿No ha venio Fernando por aquí?. Cucha el joío, mavía dicho que me esperaba aquí.- Fernando es su compañero en la venta de cupones; en ocasiones sirve de lazarillo de Luis; su vista, también mermada, le alcanza a distinguir medianamente.

Los chavales acuden a la taberna de Mateo a comprar el vino que habitualmente se gasta en casa; el envase, para tal menester, es una botella de cristal que igual podía ser de las que traían el coñac o el aguardiente o las de la gaseosa. Mateo amaga frente a la cuba de vino, introduce el pitorro en la botella y rota el grifo hasta que colma el recipiente; espera a que las burbujas de la espuma que borbolla desaparezca y completa la falta. Siempre hay un pequeño obsequio: un puñado de garbanzos, un trozo de bacalao, si bien lo que más complace a la chiquillería, son unas espadas pequeñitas de plástico de variados colores, que llenan el ocio de esta pequeña parroquia. Encontrar restos de vidrios a lo largo de la calle, junto a la humedad y el olor a vino, es clara evidencia de que el eventual siniestrado recibirá estopa.

Peña del Palo Seco. Años 60. Marcos Moreno, Antonio Muñoz, Agustín Muñoz, Mateo Ruiz, José Díaz el Calé, Cristóbal Moreno y Cristóbal Santafosta.

En la taberna, bajo auspicio de Mateo, y con la finalidad de postular en favor de la edificación de una barriada de viviendas en Jaén, patrocinada el gobernador civil de la época D. Felipe Arche, se fraguó la peña “El palo seco”. Unas escobas, graciosamente adornadas, eran su distintivo. La cuestación tuvo lugar en Sorihuela del Guadalimar y al objeto de divulgar el evento, la emisora de Villacarrillo, de la que era locutor Pepe, el hijo de Mateo, contribuyó, con la emisión de cuñas publicitarias, a acercar a la población de la comarca a aquella localidad. La postulación tenía la particularidad de que el donativo se echaba al suelo de la plaza por los caritativos concurrentes; después los miembros de la peña y alguna personalidad más, con ayuda de las mencionadas escobas, donadas por nuestro hombre, barrían el dinero postulado. Ejemplo claro de la humanidad desinteresada de Mateo. No hubo quien se fuera desatendido al solicitarle un favor. Su familia, amistades, los que llegamos a tratarle, así seguimos sosteniéndolo. Falleció Mateo Ruiz Quesada el día diecinueve de marzo, su segundo nombre era José, de mil novecientos setenta y ocho, en su casa de la calle Navas.

Francisco Coronado Molero