Lorca, Federico, está más de moda que nunca. Porque nunca murió, por mucho que lo asesinaran. García Lorca es más necesario que nunca. El hombre orquesta de la poesía tradicional y de la vanguardista. El hombre luna de sangre, adicto al drama que cabalga en un caballo negro de deseo, pasión y muerte. Pero también de velada reivindicación y de denuncias directas a las normas establecidas por una sociedad que elige cómo quiere que vivas tu vida: entonces e incluso ahora, por mucho que se haya avanzado en libertades y derechos.

La Paca (Teatro) puso en escena un texto de Tomás Afán, Lorca perdida, el pasado sábado en Villacarrillo dentro del XXII Otoño de Teatro. Una inmensa Cristina Mediero pone en su boca palabras que son puñales y que le llegan a través de una tabla de esas que invocan espíritus. El ente benigno de Lorca se mece entre telas blancas en un escenario que se llenó de teatro: de Yerma, de La casa de Bernarda Alba, Mariana Pineda; de navajas, de sangre o de jaleo. También de reivindicación. Lorca perdida es, además, una oda contra la corriente polarizante que parece haberse instalado en nuestra sociedad: la actual, no la del 36. Un canto a la libertad: a los derechos y al orgullo de sentirse diferente y que no te tengan que escupir por ello. Un brazo armado, en este caso, del colectivo LGTBIQ+ que abraza el personaje que interpreta Mediero declamando, esta, sus ganas de vivir sin miedo. Hay que ser muy actriz para enfrentarse a un papel así. Hay que ser muy escritor para contar una historia así de onírica, reivindicativa y cruel, tambaleándose entre el drama y cierta comedia.
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