
¿Puede uno emocionarse hasta las lágrimas en un espectáculo? Puede. ¿Está Lorca más vivo que nunca? Lo está. Ahora que se conmemora el 90 aniversario de su asesinato, Federico García Lorca viene a decirnos, en boca de otros, que sí, que él salió ganando en aquella contienda estúpida que lo mató por ser rojo, maricón y poeta; por querer enseñar a la gente lo que es la vida tras el conocimiento del arte, de las letras y del teatro.
Querían una sociedad aborregada, analfabeta y útil, por lo tanto, para sus intereses. Los rebeldes, con causa, eran aniquilados. Pero no, Lorca, repito, sigue vivo. Villacarrillo tuvo el honor y el enorme placer de ser el escenario para la puesta de largo de este maravilloso monumento a la vida del granadino.
Federico: Teatro y Flamenco es poesía; pura sensibilidad para ensalzar la figura universal del hombre que removió conciencias y corazones. Pedro Güido toma su forma y habla, en primera persona, de su vida, obra y milagros. De su infancia, de su madre, de su juventud, de sus amores… de su muerte. Un precioso y preciso texto que viaja en una gasa blanca y que se sostiene por dos artistas imprescindibles para entender este montaje: la voz de nubes negras o de sol radiante, dependiendo del contexto, de Nazareth Romero y las manos/guitarra de José Macareno que a veces entonan espigas de trigo verde y otras son balas de acero que acompañan una garganta herida de dolor por lo que se avecina. Por una madrugada que lo cegó todo, pero temporalmente. Una obra que nos deja un bellísimo sabor de boca en la que se relata, repito, la vida del poeta con una BSO de jaleo, verde, cuatro muleros/amores o zorongo, entre otros.
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