Brutal lo que hicieron estas dos mujeres en las tablas del Teatro Coliseo, el pasado sábado. Eufemia Bermúdez Montes y Rosa Fernández Luna, ambas Juana I de Castilla, dejaron una huella imborrable dentro del Otoño de Teatro, pero no solo de esta edición, no, podríamos decir que de todos los tiempos. Bajo la autoría y dirección de escena de José Miguel Fernández Cuadros, la obra, Traición, es un regalo para el buen aficionado a la escena. Ambas actrices, en estado de gracia, bailaron los tempos de un texto denso, imponente; una lección de historia contada en primera persona por una Juana más joven y otra que intenta resolvernos las dudas sobre «su locura» cogida de la mano de la vejez y una muerte próxima.
Es la segunda vez que este personaje tan fascinante nos visita este año. Con Loca, de La Irremediable Teatro, conocimos esa intrahistoria sobre una mujer poderosa a la que se le arrebató la cordura a base de un maltrato sistemático (y cobarde) por parte de «sus hombres». Aquí solo es ella, Juana I de Castilla, quien repasa su propia vida y los motivos que la llevaron al encierro. El colectivo cultural, El Desatino, de Beas de Segura, consigue lo más difícil: que no se pierda ni una coma del texto, repetimos, denso. La dirección, aquí, es fundamental, ya que se nota el amor por llevar a cabo un trabajo de 10 aún siendo una colectivo aficionado. La iluminación, la fluidez en el cambio de escenas, la coreografía: física y oral de las dos actrices; un vestuario digno de un Teatro Real y la maravillosa música de Ludovico Einaudi. Todo este conjunto hacen de Traición, uno de los mejores montajes de los que hayan pasado por nuestra tablas. Sin desmerecer a nadie, por supuesto. La filosofía principal de nuestro Otoño es su carácter aficionado, el de las compañías que nos llegan, pero eso no está reñido con la calidad; la enorme calidad que nos dejan algunos de estos grupos.
¡Qué importante es la dicción en teatro! Que importante es saberse el papel al dedillo y esa seguridad que da este hecho a la hora de darle vida en un escenario. Vital, del mismo modo, cuidar los detalles, como hemos dicho antes. No todo vale y aquí se demuestra que el teatro se lleva en las venas o no se lleva; que puede ser un hobby pero de los que hay que tomarse muy en serio. El público lo merece y en ese aspecto nuestro Otoño de Teatro de Villacarrillo ya no es un evento para pasar un rato, sin más. La gente está respondiendo a todo el ciclo como verdaderos aficionados. Ya no nos encontramos con un patio de butacas semi vacío. Ahora se llena y es porque lo que se ofrece tiene un mínimo de calidad, te guste o no lo que se represente. Por lo tanto, la afición a la escena en Villacarrillo se merece un respeto y montajes así lo llevan a cabo y hacen que la afición crezca más. Ya no hay miedo a ir a ver a una compañía que no sea de nuestro pueblo. Eso no se paga.

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